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Biografías

Vincent van Gogh: el pintor que heredó un nombre y fundó un mito

Pintó cerca de 900 cuadros en apenas una década, vendió solo uno en vida, y su muerte en 1890 sigue sin estar completamente resuelta.

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Vincent van Gogh: el pintor que heredó un nombre y fundó un mito
Vincent van Gogh, representado en óleo sobre lienzo.Google Arts Project

En el cementerio de Groot-Zundert, junto a la iglesia donde predicaba su padre, yace una lápida con el nombre de Vincent van Gogh y el año de 1852. Esta no pertenece al pintor, sino al hermano que lo precedió un año antes, nacido muerto en esa misma localidad del sur de los Países Bajos, y cuyo nombre sus padres decidieron transmitir intacto al hijo que nació después, el 30 de marzo de 1853. Durante su infancia, Van Gogh recorrió ese mismo tramo una y otra vez para acudir a la iglesia de su padre, pasando inevitablemente junto a la tumba que llevaba escrito su propio nombre.

El episodio, confirmado por los registros parroquiales, ha tentado durante décadas a los biógrafos a leerlo como una clave casi novelesca de una obra después obsesionada con la fragilidad de la existencia. Conviene, sin embargo, no ceder del todo a esa tentación, porque buena parte de la biografía de Van Gogh, incluida la de su propia muerte, se ha revelado con el paso del tiempo bastante menos firme de lo que la leyenda popular suele presentar.

Del fracaso vocacional a la pintura

Antes de convertirse en pintor, Van Gogh atravesó varias vocaciones sin encontrar en ninguna de ellas un destino duradero. Trabajó durante años como marchante de arte en la firma Goupil & Cie, primero en La Haya y después en Londres y París, hasta ser despedido por su creciente desinterés por el negocio. Intentó después la carrera eclesiástica presente en su familia paterna y, tras abandonar los estudios formales de teología, se instaló como predicador laico entre los mineros de la región belga del Borinage. Allí llevó sus convicciones evangélicas hasta el extremo de repartir sus propias pertenencias y vivir en condiciones de pobreza extrema, una conducta que terminó costándole esa labor hacia 1879. Fue su hermano menor Theo, también marchante de arte, quien lo convenció hacia 1880 de dedicarse por completo al dibujo y la pintura, iniciando una trayectoria artística que no duraría más de una década.

Ese primer periodo neerlandés, desarrollado entre La Haya, Drenthe y el pueblo de Nuenen, donde residía la familia tras la muerte de su padre en 1885, produjo una obra de paleta oscura y terrosa centrada en la vida campesina, cuya pieza más ambiciosa, Los comedores de patatas, sigue considerándose el primer intento serio de Van Gogh por construir una composición de gran formato. Aquella etapa cambiaría de manera radical apenas un año después, cuando en marzo de 1886 se trasladó a París para instalarse con Theo.

París y Arlés, la explosión cromática

El contacto directo con el impresionismo y el neoimpresionismo parisinos alteró radicalmente la paleta de Van Gogh, quien sustituyó los tonos ocres de su etapa neerlandesa por una saturación cromática cada vez más audaz. La evolución alcanzó su clímax en febrero de 1888 con su traslado a Arlés, en el sur de Francia, atraído por una luz mediterránea que comparaba con la de las estampas japonesas que coleccionaba. Allí desarrollaría el periodo más prolífico de toda su carrera, realizando numerosas pinturas y dibujos en apenas quince meses, entre ellos buena parte de sus célebres series de girasoles, mientras intentaba convertir la llamada Casa Amarilla en el núcleo de una comunidad de artistas.

De aquella comunidad soñada solo llegaría a materializarse la llegada de Paul Gauguin, en octubre de 1888. Los dos artistas convivieron y trabajaron juntos durante unas nueve semanas, en una relación marcada desde el principio por profundas diferencias de temperamento y concepción artística. La tensión alcanzó su punto crítico el 23 de diciembre, cuando, después de una disputa cuyo desarrollo exacto no ha podido reconstruirse por completo, Van Gogh se mutiló parte de la oreja izquierda y entregó el fragmento a una mujer en un burdel de Arlés. La hospitalización posterior y la partida de Gauguin al día siguiente marcaron el comienzo de una sucesión de crisis que acompañaría los últimos años de su vida.

Saint-Rémy, Auvers y un desenlace todavía discutido

En mayo de 1889, Van Gogh ingresó voluntariamente en el asilo de Saint-Paul-de-Mausole, en Saint-Rémy-de-Provence, donde produciría, entre episodios de angustia severa, cerca de ciento cincuenta obras, incluida su obra cumbre, La noche estrellada. Un año más tarde, en mayo de 1890, se trasladó a Auvers-sur-Oise, bajo la supervisión del doctor Paul Gachet, e inició un ritmo de producción todavía más intenso, cercano a un cuadro por día, que se interrumpiría de manera abrupta el 27 de julio de 1890, cuando Van Gogh regresó malherido de los campos de trigo con una herida de bala en el abdomen. Murió dos días después, el 29 de julio, con Theo a su lado.

Durante más de un siglo, la explicación aceptada sostuvo que Van Gogh se había disparado a sí mismo. Esa versión fue cuestionada en 2011 por los biógrafos Steven Naifeh y Gregory White Smith, quienes tras una década de investigación en los archivos de la Fundación Van Gogh propusieron que el disparo pudo proceder, accidental o intencionadamente, del arma de un adolescente local, René Secrétan, que solía importunar al pintor, y que Van Gogh habría asumido la responsabilidad del disparo para protegerlo. El forense Vincent Di Maio respaldó posteriormente esa hipótesis al señalar la ausencia de restos de pólvora y el ángulo oblicuo de la herida, difícilmente compatibles con un disparo autoinfligido a la distancia habitual. El propio Museo Van Gogh de Ámsterdam calificó la teoría de "dramática e intrigante" sin llegar a descartar la versión tradicional, y buena parte de los especialistas continúa inclinándose por la hipótesis del suicidio, aunque sin que ninguna de las dos versiones haya logrado imponerse de manera concluyente sobre la otra.

Lo que no admite discusión es la desproporción entre el reconocimiento que Van Gogh recibió en vida, reducido a la venta de un único cuadro, El viñedo rojo, adquirido por 400 francos apenas siete meses antes de su muerte, y el lugar que ocupa hoy en la historia del arte occidental. Theo moriría apenas seis meses después que su hermano, y sería la viuda de este, Johanna van Gogh-Bonger, quien dedicaría buena parte de su vida a publicar la correspondencia entre ambos y a difundir una obra que, en apenas una generación, pasaría de la indiferencia casi total a convertirse en una de las más reproducidas y estudiadas de todo el arte moderno.