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Biografías

Leonardo da Vinci, el Genio Universal del Renacimiento

Pintor, inventor, anatomista, ingeniero. Leonardo da Vinci encarnó como nadie el ideal renacentista del saber sin límites, dejando una huella que todavía hoy sigue desafiando a la ciencia y al arte.

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Leonardo da Vinci, el Genio Universal del Renacimiento
Retrato del legendario polímata renacentista Leonardo da Vinci.Sunny Celeste / imageBROKER / Shutterstock

En la primavera de 1519, en el castillo de Clos Lucé, cerca de Amboise, un anciano de sesenta y siete años agonizaba lejos de la Italia que lo había visto nacer, rodeado de sus cuadernos, sus instrumentos y unas pocas pinturas que se negaba a considerar terminadas. La tradición, fijada medio siglo después por Giorgio Vasari, sostiene que el propio rey de Francia, Francisco I, sostuvo su cabeza en el momento de morir, aunque los registros de la corte, los cuales sitúan al monarca en Saint-Germain-en-Laye durante aquellos días, hacen dudar a los historiadores de la literalidad de la escena. Sea o no exacta la anécdota, su permanencia en la memoria colectiva revela la dimensión del personaje. Que el hijo ilegítimo de un notario rural, desprovisto de formación universitaria y ajeno al dominio del latín, concluyera sus días como huésped predilecto del rey de Francia evidencia el triunfo de una inteligencia que rechazó la erudición dogmática para convertir la experiencia directa en la fuente de todo conocimiento.

La trayectoria de Leonardo di ser Piero da Vinci no puede entenderse únicamente como la sucesión de obras maestras con que se la suele resumir, sino como el despliegue constante de una curiosidad sin fronteras. Su método, basado en la observación rigurosa del cuerpo humano, del vuelo de las aves, de la mecánica de los fluidos y de la luz, disolvió las barreras entre el arte y la ciencia siglos antes de que la especialización moderna las separara. Comprender ese saber integral exige examinar no solo sus lienzos, sino también los talleres, las cortes y la inmensa producción de sus manuscritos, donde se plasmaría una de las mentes más complejas de la historia de la humanidad.

El taller como universidad

Leonardo nació el 15 de abril de 1452 en Anchiano, una aldea próxima a la localidad toscana de Vinci, hijo ilegítimo de un notario florentino, Ser Piero, y de una joven de condición humilde llamada Caterina. Esa condición, que en cualquier otra circunstancia habría supuesto una desventaja social considerable, resultó paradójicamente liberadora, al no poder heredar la profesión paterna ni acceder a una educación universitaria reservada a hijos legítimos y basada en el latín, Leonardo quedó al margen de las rutas intelectuales convencionales de su época. Él mismo asumiría esa condición con una mezcla de orgullo y desafío, calificándose en sus cuadernos como un:

«omo sanza lettere»

Un hombre sin letras clásicas, en abierta polémica contra los eruditos que despreciaban el conocimiento fundado en la observación directa frente al que procedía de la autoridad de los textos antiguos.

Hacia 1466 se trasladó a Florencia para ingresar como aprendiz en el taller de Andrea del Verrocchio, uno de los más prestigiosos de la ciudad, donde la formación no distinguía entre disciplinas, un mismo aprendiz podía recibir instrucción en pintura, escultura, orfebrería, mecánica de maquinaria teatral y dibujo técnico aplicado a la arquitectura militar. Ese modelo pedagógico, el de la bottega florentina, explica en buena medida la versatilidad que definiría el resto de la carrera de Leonardo, mucho antes de que la especialización moderna separara aquello que entonces convivía bajo un mismo techo. La tradición, recogida por Vasari, sostiene que Verrocchio quedó tan impresionado por el ángel que su discípulo pintó en el Bautismo de Cristo que abandonó definitivamente el pincel, anécdota probablemente exagerada, pero que refleja el reconocimiento temprano que Leonardo obtuvo entre sus contemporáneos.

En 1472 quedó inscrito en la Compagnia di San Luca, el gremio de los pintores florentinos, lo que certificaba su estatus de maestro independiente, aunque continuó colaborando en el taller de Verrocchio varios años más. De este primer periodo florentino data la Adoración de los Magos, encargo de los monjes de San Donato a Scopeto que Leonardo dejó inconcluso, ya con el sello de un modo de trabajar que marcaría toda su vida, el de una curiosidad que rara vez se conformaba con la resolución convencional de un encargo.

El ingeniero del duque

Hacia 1482, Leonardo se trasladó a Milán para ofrecer sus servicios al duque Ludovico Sforza, apodado el Moro. La carta de presentación que le dirigió, conservada hasta hoy, resulta reveladora del modo en que el propio Leonardo entendía sus prioridades en ese momento, enumeró primero una decena de capacidades como ingeniero militar (diseño de puentes portátiles, artillería, vehículos blindados, sistemas de asedio) y solo al final, casi como una posdata, mencionó que también sabía pintar y esculpir tan bien como cualquier otro. Sforza lo empleó, en efecto, sobre todo como organizador de festejos cortesanos, ingeniero hidráulico y diseñador escenográfico, funciones que ocuparon buena parte de sus primeros años milaneses.

El encargo más ambicioso de este periodo fue una estatua ecuestre de bronce en memoria de Francesco Sforza, padre del duque, concebida como el mayor monumento de su tipo desde la Antigüedad. Leonardo llegó a completar un modelo de arcilla de tamaño colosal, pero el bronce destinado a la fundición terminó desviado hacia la fabricación de cañones cuando Milán se preparó para la guerra contra Francia, y el propio modelo de arcilla fue destruido en 1499 por las tropas francesas invasoras, que lo emplearon como blanco durante sus prácticas de tiro. El llamado Gran Cavallo quedó así como uno de los primeros grandes ejemplos de un patrón que se repetiría a lo largo de la vida de Leonardo, el de proyectos de una ambición extraordinaria que las circunstancias, o su propia insatisfacción perfeccionista, dejaron sin concluir.

En ese mismo Milán, entre 1495 y 1498, pintó La Última Cena en el refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie, una obra que rompió con la disposición hierática habitual del tema al capturar el instante preciso en que Cristo anuncia que uno de los presentes lo traicionará, y el estupor, la negación y la culpa que ese anuncio provoca en cada uno de los apóstoles. Para lograr esa expresividad, Leonardo renunció a la técnica tradicional del fresco, que exigía trabajar sobre yeso húmedo con rapidez y sin posibilidad de rectificación, y experimentó con una mezcla de temple y óleo sobre yeso seco que le permitía corregir y detenerse a observar con calma. La decisión, coherente con su método de trabajo, tuvo un coste técnico severo, la pintura comenzó a deteriorarse ya en vida del propio Leonardo, y ha requerido desde entonces sucesivas restauraciones para sobrevivir hasta nuestros días.

La caída de Ludovico Sforza en 1499, derrocado por la invasión francesa de Luis XII, puso fin abruptamente a diecisiete años de estabilidad milanesa y obligó a Leonardo, entonces con casi cincuenta años, a iniciar una nueva etapa errante.

El método detrás del arte

Paralelamente a los encargos artísticos, Leonardo desarrolló una obra menos visible en su tiempo, pero decisiva para su reputación posterior, la de sus cuadernos. Se calcula que llegó a llenar unas trece mil páginas con anotaciones escritas en escritura especular, de derecha a izquierda, legibles solo con la ayuda de un espejo, un hábito que algunos estudiosos atribuyen simplemente a su condición de zurdo y otros a un deseo deliberado de dificultar la lectura de sus ideas más sensibles. En ellos conviven estudios de anatomía, observaciones sobre el vuelo de las aves, análisis del movimiento del agua, bocetos de maquinaria y reflexiones sobre óptica y proporción.

Hacia 1490 realizó el dibujo hoy conocido como el Hombre de Vitruvio, un estudio de las proporciones del cuerpo humano inscrito en un círculo y un cuadrado que retomaba directamente los tratados del arquitecto romano Vitruvio, el mismo autor clásico cuya recuperación filológica, un siglo antes, había alimentado a los humanistas florentinos. El dibujo condensa con precisión el ideal renacentista de un universo gobernado por proporciones matemáticas comunes al cuerpo humano, la arquitectura y el cosmos.

Esas reflexiones ópticas no permanecieron confinadas al papel, sino que transformaron directamente su pintura. Leonardo desarrolló el sfumato, una técnica pictórica que evita los contornos lineales nítidos y funde progresivamente luces y sombras mediante capas sucesivas de veladuras casi transparentes, logrando una sensación de profundidad atmosférica y una ambigüedad psicológica en los rostros, perceptible sobre todo en la sonrisa de La Gioconda, que ningún pintor anterior había alcanzado. Obras como La Virgen de las Rocas, iniciada poco después de su llegada a Milán, muestran ya esta fusión entre el estudio científico de la luz y su traducción en un lenguaje pictórico enteramente nuevo.

Sus estudios anatómicos alcanzaron mayor rigor hacia 1510, cuando colaboró en Pavía con el anatomista Marcantonio della Torre, profesor de la universidad local. Leonardo llegó a afirmar haber diseccionado personalmente varias decenas de cadáveres humanos a lo largo de su vida, produciendo ilustraciones del sistema óseo, muscular, circulatorio y del feto en el útero materno de una precisión que no sería igualada hasta bien entrado el siglo XVIII. Conviene señalar, sin embargo, un matiz que la leyenda popular tiende a pasar por alto, al no publicar sistemáticamente sus cuadernos en vida, buena parte de este conocimiento permaneció inaccesible para sus contemporáneos y para las generaciones inmediatamente posteriores, de modo que su influencia directa sobre el desarrollo posterior de la anatomía o la ingeniería fue, en la práctica, considerablemente menor que la que le atribuye el imaginario popular actual.

Tras su muerte, los cuadernos pasaron a su discípulo y heredero Francesco Melzi, y se dispersaron progresivamente entre coleccionistas durante los siglos siguientes, reagrupados de manera parcial en compilaciones como el Codex Atlanticus. Uno de estos volúmenes, el Codex Leicester, un cuaderno de setenta y dos páginas dedicado sobre todo a la hidráulica y la astronomía, fue adquirido en 1994 por el empresario Bill Gates en una subasta de Christie's por 30,8 millones de dólares, episodio que, más allá de su valor anecdótico, confirma hasta qué punto los cuadernos de Leonardo continúan siendo objeto de fascinación y estudio activo quinientos años después de haber sido escritos.

El regreso a Florencia

Tras abandonar Milán, Leonardo entró en 1502 al servicio de César Borgia como arquitecto e ingeniero militar, encargado de fortificar plazas y levantar mapas de los territorios que el hijo del papa Alejandro VI conquistaba en el centro de Italia. En esa misma corte itinerante coincidió, aunque con distinto cometido, con Nicolás Maquiavelo, entonces enviado de la república florentina ante Borgia, un cruce que la historiografía ha señalado con interés sin poder documentar con certeza el grado de trato personal entre ambos.

De regreso a Florencia en 1503, Leonardo recibió el encargo más prestigioso de su carrera en su ciudad natal, decorar una de las paredes del Salón del Gran Consejo del Palazzo Vecchio con una escena de la batalla de Anghiari, mientras que en el muro opuesto un Miguel Ángel de veintiocho años, ya célebre por su David recién inaugurado en la plaza pública, debía representar la batalla de Cáscina. La rivalidad entre ambos, generacional y también de temperamento, se convirtió en uno de los episodios más comentados del Renacimiento florentino, aunque ninguna de las dos obras llegó a completarse, la de Leonardo se perdió tras un fallido experimento técnico similar al empleado en la Última Cena, y la de Miguel Ángel quedó interrumpida cuando el papa Julio II lo reclamó en Roma.

Fue también en estos años, hacia 1503, cuando comenzó el retrato que se convertiría en su obra más célebre, el de una dama florentina identificada tradicionalmente con Lisa Gherardini, esposa del comerciante Francesco del Giocondo, de donde deriva el nombre por el que se conoce a La Gioconda. Leonardo nunca lo entregó a sus comitentes ni lo consideró terminado, y lo llevó consigo durante los dieciséis años siguientes, retocándolo de manera intermitente hasta el final de su vida. Entre 1506 y 1513 volvió a residir en Milán, entonces bajo dominio francés, al servicio del gobernador Charles d'Amboise, un periodo menos documentado pero en el que continuó desarrollando en paralelo su pintura y sus estudios científicos.

Roma, Francia y el reconocimiento final

En 1513 se trasladó a Roma bajo la protección de Giuliano de Médici, hermano del recién elegido papa León X, y se instaló en los apartamentos del Belvedere, dentro del propio Vaticano. Fueron años de relativa frustración, mientras Rafael y un ya consagrado Miguel Ángel copaban los grandes encargos pontificios, Leonardo, con más de sesenta años, recibió escasas comisiones de envergadura y dedicó buena parte de su tiempo a experimentos técnicos y estudios de óptica que no siempre satisfacían a sus mecenas.

El giro definitivo llegó en 1516, cuando aceptó la invitación del joven rey Francisco I de Francia, ferviente admirador de la cultura italiana, y se instaló en el castillo de Clos Lucé, cerca de Amboise, con el título de Premier peintre, ingénieur et architecte du Roi. Llevó consigo sus cuadernos y tres de sus pinturas más preciadas, entre ellas La Gioconda, que desde entonces nunca regresaron a Italia y que hoy se conservan en el Museo del Louvre. Liberado ya de la presión de los encargos, Leonardo dedicó sus últimos años a ordenar sus notas científicas y a conversar con un rey que, según diversos testimonios de la época, lo trataba con una amabilidad excepcional. Murió el 2 de mayo de 1519, a los sesenta y siete años, en Amboise.

Quinientos años después, la fascinación por Leonardo no ha hecho sino intensificarse, y de manera reveladora, buena parte de ella sigue expresándose en los mismos términos económicos y de prestigio que definieron su relación con los grandes patronos de su época. En noviembre de 2017, una pintura de atribución disputada conocida como Salvator Mundi se vendió en Christie's por 450,3 millones de dólares, la cifra más alta jamás pagada por una obra de arte en subasta, adquirida según reportes periodísticos por el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán. Desde entonces, la obra no ha vuelto a exhibirse públicamente, y su paradero exacto permanece incierto, informes de 2024 la situaron almacenada en un depósito franco de Ginebra, aunque nada de esto ha sido confirmado de manera oficial. Que una tabla de menos de setenta centímetros, cuya autoría sigue debatida entre los especialistas, pueda generar semejante magnitud de inversión y de misterio dice, quizá mejor que cualquier otro dato, hasta qué punto Leonardo logró aquello que persiguió toda su vida sin saberlo del todo, convertir la observación paciente del mundo en algo que trasciende su propio tiempo.