Historia de una institución
El Premio Nobel, la reputación que un hombre quiso comprar con su fortuna
En 1895, un fabricante de explosivos sueco firmó, casi en secreto, el testamento que terminaría redefiniendo el significado de su propio apellido.

En noviembre de 1895, en las salas del Club Sueco-Noruego de París, un hombre de sesenta y dos años firmó en apenas unas líneas el documento que determinaría cómo se recordaría su apellido durante los siglos siguientes. Alfred Nobel destinaba en ese testamento la práctica totalidad de su fortuna, acumulada a lo largo de una vida dedicada a la industria química y armamentística, a la creación de un fondo cuyos intereses premiarían cada año a quienes hubieran aportado el mayor beneficio a la humanidad. Ese gesto, redactado casi sin testigos y sin que su propia familia lo esperara, desencadenaría años de disputas legales antes de convertirse en la institución que hoy conocemos, y sigue planteando a los historiadores una pregunta que no se ha cerrado del todo, qué llevó exactamente a un hombre de su perfil a tomar una decisión semejante.
Un imperio construido sobre explosivos
Parte de la respuesta se encuentra en la propia trayectoria profesional de Nobel. Su fortuna procedía en buena medida de la dinamita, patentada en 1867 a partir de sus investigaciones sobre la estabilización de la nitroglicerina, un invento que revolucionó industrias como la minería y la construcción y que convirtió a Nobel en uno de los hombres más ricos de Europa, con 355 patentes registradas a lo largo de su vida, buena parte de ellas relacionadas con la industria de los explosivos que su propio padre, Immanuel Nobel, ya había ejercido como proveedor de minas submarinas para el ejército ruso.
Existe, además, un relato mucho más concreto que durante décadas se presentó como la explicación directa de su decisión testamentaria. Según esa versión, popularizada sobre todo por la biografía que Nicholas Halasz publicó en 1959, un periódico francés confundió en 1888 la muerte del hermano de Alfred, Ludvig Nobel, con la del propio Alfred, y publicó un obituario bajo el titular Le marchand de la mort est mort (el mercader de la muerte ha muerto), que lo acusaba de haberse enriquecido encontrando formas más rápidas de matar. La lectura de su propio obituario, sostiene esa versión, habría sumido a Nobel en una crisis de conciencia que explicaría, siete años después, el testamento que daría origen a los premios. Investigaciones más recientes han localizado el texto real de aquel obituario en la prensa francesa de la época y han encontrado que era considerablemente más moderado que la cita que circula habitualmente, sin la expresión mercader de la muerte ni la frase sobre matar más rápido. Sin embargo, aún persisten discrepancias historiográficas sobre hasta qué punto ese suceso, real aunque distorsionado en su formulación, condicionó la resolución de Nobel frente a motivaciones personales y filosóficas que el propio testamento omitió precisar.
Un testamento que nadie esperaba
Nobel murió el 10 de diciembre de 1896 en San Remo, Italia, y el contenido de su testamento, hecho público el 2 de enero de 1897, provocó una conmoción considerable tanto en Suecia como en el resto de Europa. La familia, encabezada por la rama descendiente de su hermano Ludvig, impugnó el documento por considerarlo perjudicial para sus intereses hereditarios, mientras que sectores conservadores suecos lo criticaron por no reservar los premios exclusivamente a candidatos suecos. El propio rey Óscar II se mostró inicialmente favorable a las pretensiones de la familia por encima de la voluntad expresada por Nobel.
La resolución de ese conflicto recayó en Ragnar Sohlman, antiguo asistente de Nobel de apenas veintiséis años, y en Rudolf Lilljequist, designados albaceas del testamento. Sohlman llegó a trasladar de manera preventiva buena parte de los activos, custodiados en bonos franceses, hacia Suecia, para evitar que una orden judicial francesa promovida por la familia pudiera bloquearlos. Tras años de negociaciones en las que llegó a intervenir el propio Gobierno sueco, el rey Óscar II aprobó finalmente los estatutos de la nueva Fundación Nobel el 29 de junio de 1900, lo que permitió que, el 10 de diciembre de 1901, coincidiendo con el quinto aniversario de la muerte de Nobel, se entregaran en Estocolmo y Oslo los primeros premios de la historia. El físico alemán Wilhelm Röntgen, descubridor de los rayos X, recibió el primer Nobel de Física, mientras que el suizo Henry Dunant, fundador de la Cruz Roja, compartió el primer Nobel de la Paz con el francés Frédéric Passy.

Cinco premios, y luego un sexto que no lo es
El testamento de Nobel especificaba con precisión las cinco disciplinas que debían recompensarse, física, química, fisiología o medicina, literatura y paz, y designaba además a las instituciones responsables de otorgarlas, la Real Academia Sueca de las Ciencias, el Instituto Karolinska, la Academia Sueca y un comité designado por el Parlamento noruego para el caso específico de la paz. Esta última disposición sigue resultando en buena medida un misterio para los propios historiadores de la institución, ya que Nobel nunca explicó por qué reservó precisamente el premio de la paz a un comité noruego, en un momento en que Suecia y Noruega compartían todavía una unión política que se disolvería una década después, en 1905.
Distinto es el caso del sexto galardón que suele asociarse hoy con el nombre de Nobel, el de Ciencias Económicas, que no figura en absoluto en su testamento. Fue creado en 1968 por el Sveriges Riksbank, el banco central de Suecia, con motivo de su tricentenario, como una donación a la Real Academia Sueca de las Ciencias para financiar un galardón administrado según los mismos criterios que los premios originales. Se entregó por primera vez en 1969 a los economistas Ragnar Frisch y Jan Tinbergen, y desde entonces conserva de manera deliberada una denominación distinta a la del resto, Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel, precisamente para no sugerir una equivalencia directa con los premios que sí proceden del legado original. Miembros de la propia familia Nobel han expresado en repetidas ocasiones su desacuerdo con el uso del apellido familiar en este premio, un desacuerdo que la Fundación Nobel ha capeado sin alterar, hasta hoy, ni el nombre oficial del galardón ni su financiación, que corre enteramente a cargo del banco central sueco y no del fondo constituido por la fortuna de Nobel.
Más de un siglo después de aquella primera ceremonia de 1901, el Premio Nobel se ha convertido en el reconocimiento más prestigioso al que puede aspirar buena parte de la comunidad científica, literaria y diplomática internacional, pese a las controversias que ha acumulado por el camino, desde laureados cuya elección generó fuerte oposición hasta figuras de relevancia histórica indiscutible que nunca lo recibieron. Esa autoridad simbólica, construida a lo largo de ciento veinticinco años de entregas ininterrumpidas salvo en los periodos de las dos guerras mundiales, resulta en cualquier caso difícil de conciliar con la imagen de un industrial de explosivos temeroso de cómo lo recordaría la posteridad, y es precisamente esa tensión, entre el origen bélico de la fortuna y el destino pacífico que Nobel quiso darle, la que sigue explicando el interés casi ininterrumpido que la institución despierta cada mes de octubre.






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