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Historia de la prehistoria

El Mesolítico, la prehistoria que no ocurrió al mismo tiempo en todas partes

Mientras algunas comunidades del Próximo Oriente ya cultivaban cereales hace once mil años, otras del norte de Europa siguieron cazando, pescando y recolectando durante seis milenios más. Esa marcada asincronía demuestra que el Mesolítico no responde a un esquema cronológico rígido, sino a un mosaico de respuestas locales frente al cambio ambiental postglacial, definido por la pluralidad de sus ritmos y la autonomía de sus trayectorias.

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El Mesolítico, la prehistoria que no ocurrió al mismo tiempo en todas partes
Representación de la vida cotidiana de las comunidades prehistóricas.Viktor Vasnetsov, realizada entre 1882 y 1885

Durante el siglo XIX, los primeros arqueólogos organizaron la prehistoria humana según el material predominante de las herramientas halladas en cada estrato. Este sistema de tres edades distinguía una Edad de Piedra, seguida por una Edad del Bronce y una Edad del Hierro. Dentro de esa primera y extensa Edad de Piedra, el arqueólogo británico John Lubbock introdujo en 1865, en su influyente obra Prehistoric Times, una subdivisión que resultaría decisiva. Distinguió un Paleolítico, caracterizado por herramientas de piedra simplemente talladas y por sociedades de cazadores y recolectores nómadas, y un Neolítico, definido por herramientas de piedra pulida, la práctica de la agricultura y el asentamiento permanente en aldeas. Esa división, ordenada y binaria, resultó insuficiente casi de inmediato.

Un año después, en 1866, el también arqueólogo Hodder Westropp propuso intercalar entre ambos periodos uno intermedio, el Mesolítico, término formado a partir de las raíces griegas para «medio» y «piedra». La categoría buscaba dar cabida a un tipo de sociedad que no encajaba en ninguno de los dos extremos. Se trataba de grupos humanos que, tras el final de la última glaciación, seguían viviendo exclusivamente de la caza, la pesca y la recolección, como los pueblos del Paleolítico, pero que ya no habitaban el paisaje helado y de grandes manadas migratorias propio de esa etapa, sin haber adoptado todavía la agricultura que definiría al Neolítico. Lo que esa corrección terminó por revelar, más de siglo y medio después, es que el propio concepto de Mesolítico funciona menos como una etapa cronológica fija, igual para todo el planeta, que como una etiqueta que la arqueología aplica, con fechas radicalmente distintas, allí donde una sociedad de cazadores recolectores tuvo que adaptarse al deshielo posglacial antes de que la agricultura llegara a sustituir ese modo de vida.

Un término tardío para un problema de definición

Esa flexibilidad cronológica no es un defecto menor de la terminología, sino su rasgo definitorio, y conviene detenerse en ella antes de avanzar. En el Próximo Oriente, la región que abarca el actual Levante mediterráneo y la antigua Mesopotamia, la agricultura emergió con tanta rapidez tras el final de la última glaciación que apenas existe allí un verdadero periodo mesolítico propiamente dicho. Los arqueólogos prefieren en su lugar el término Epipaleolítico, literalmente «sobre» o «después» del Paleolítico, para describir culturas como la natufiense, que floreció en esa zona entre hace unos 15.000 y 11.500 años. Aunque los natufienses seguían viviendo de la caza y la recolección, sin cultivar todavía la tierra, ya construían aldeas de piedra ocupadas durante todo el año, en lugar de desplazarse constantemente detrás de las presas. Ese rasgo, el de la vida sedentaria, los convierte en un puente cultural hacia la domesticación de plantas que llegaría poco después.

En el extremo opuesto, algunas regiones del norte de Europa, especialmente Escandinavia, conservaron durante milenios ese modo de vida basado exclusivamente en la caza, la pesca y la recolección, sin cultivar ni criar ganado, hasta hace apenas cinco mil años, casi seis milenios después de que las primeras comunidades agrícolas se hubieran establecido en Anatolia, la península que ocupa hoy buena parte de Turquía.

Esa disparidad, de decenas de siglos entre una punta del continente y otra, ha llevado a buena parte de la arqueología contemporánea a preferir, según la región, términos alternativos que subrayan matices distintos. Se habla de Epipaleolítico donde se quiere destacar la continuidad tecnológica y conductual con el Paleolítico superior, especialmente en amplias zonas de Asia, o directamente de etiquetas propias como el Periodo Arcaico de la arqueología americana o la Edad de Piedra Tardía del África subsahariana. Ambas se aplican a procesos de adaptación posglacial estructuralmente muy similares al Mesolítico europeo, pero sin la misma cronología ni exactamente la misma trayectoria posterior.

Conviene señalar, en cualquier caso, que allí donde el término Mesolítico se emplea con mayor consenso remite a la combinación de tres criterios que rara vez coinciden de forma automática. El primero es tecnológico: la aparición de los microlitos, diminutas piezas de sílex, apenas del tamaño de una uña, talladas con formas geométricas precisas y montadas después, varias a la vez, sobre soportes de madera o hueso para fabricar herramientas compuestas mucho más versátiles que un simple bloque de piedra tallado. El segundo criterio es cronológico: el encaje aproximado dentro del Holoceno temprano, el periodo geológico cálido en el que la humanidad todavía vive hoy y que sucedió, hace unos 11.700 años, a la última glaciación. El tercero es socioeconómico: la intensificación en el aprovechamiento de los recursos disponibles, es decir, la capacidad de extraer alimento de una variedad mucho mayor de fuentes que antes.

El deshielo que rehízo el mapa de los recursos

El detonante último de todos esos cambios fue climático. Hace aproximadamente 11.700 años, el final de la última glaciación, ese larguísimo periodo frío durante el cual buena parte del hemisferio norte permaneció cubierta de hielo y estepa helada, dio paso al Holoceno, la era interglacial considerablemente más cálida en la que la humanidad ha vivido desde entonces. El deshielo provocó la retirada de los grandes casquetes polares, la subida del nivel del mar y una reforestación acelerada de amplias zonas que hasta entonces habían sido estepa o tundra abierta, es decir, terreno frío, seco y prácticamente sin árboles.

Ese cambio de paisaje tuvo consecuencias muy concretas para las comunidades cazadoras que dependían de las grandes manadas de herbívoros propias del ambiente glacial, especies como el reno o el mamut, que se retiraron hacia el norte o se extinguieron localmente a medida que el bosque cerrado ganaba terreno. El puente terrestre que unía las islas británicas con el continente europeo, la región hoy conocida como Doggerland y hoy sumergida bajo el mar del Norte, permaneció transitable hasta aproximadamente el año 6200 antes de Cristo, cuando la subida del nivel del mar terminó por cubrirlo por completo. Constituye un recordatorio físico y tangible de la magnitud que alcanzó esa transformación ambiental.

Frente a la desaparición de las grandes presas gregarias, las poblaciones mesolíticas desarrollaron lo que el arqueólogo Kent Flannery bautizó como una economía de amplio espectro. A diferencia de la caza especializada en un único tipo de presa migratoria, que aunque exigente permitía obtener grandes cantidades de carne y piel de una sola vez, esta nueva estrategia se basaba en explotar simultáneamente una variedad mucho mayor de recursos más pequeños y dispersos, como peces, moluscos, aves acuáticas, pequeños mamíferos forestales y una amplia gama de plantas silvestres. Esa diversificación exigió, a su vez, una revolución tecnológica en miniatura, literalmente. Los microlitos descritos antes permitían fabricar puntas de flecha, arpones y hoces compuestas mucho más versátiles que las grandes piezas líticas del Paleolítico, mientras que innovaciones como el anzuelo, la piragua monóxila (tallada de una sola pieza de tronco) o el hacha de mano enmangada ampliaron de forma notable el rango de ecosistemas que una comunidad humana podía explotar de manera eficaz.

Los grandes concheros, acumulaciones de conchas de moluscos descartadas tras generaciones de consumo que hoy forman auténticas colinas artificiales en algunos yacimientos costeros de Escandinavia y Escocia, son uno de los testimonios arqueológicos más elocuentes de esa intensificación en el aprovechamiento de los recursos acuáticos.

Sociedades sedentarias sin agricultura

Durante buena parte del siglo XX, la arqueología asumió que la vida sedentaria, la construcción de estructuras permanentes y la elaboración artística compleja eran privilegios exclusivos de las sociedades agrícolas, bajo la idea de que solo el excedente alimentario que produce la agricultura permite a una comunidad quedarse quieta en un mismo lugar y dedicar tiempo a otra cosa que no sea buscar comida. El registro mesolítico ha desmentido esa asociación de manera contundente.

El yacimiento británico de Star Carr, en Yorkshire, ocupado hacia el año 9300 antes de Cristo, ha proporcionado los restos de la vivienda más antigua conocida en las islas británicas, además de veintiún diademas fabricadas con cráneos y astas de ciervo perforadas, interpretadas como tocados rituales o de caza, y de un colgante de esquisto grabado que constituye la obra de arte más antigua documentada hasta ahora en territorio británico.

Un caso todavía más singular es el del yacimiento de Lepenski Vir, situado en el desfiladero del Danubio conocido como las Puertas de Hierro, en la actual Serbia. Es célebre por sus edificaciones de planta trapezoidal y por un conjunto único de esculturas talladas en grandes cantos rodados con rasgos que combinan lo humano y lo piscícola. Durante décadas, la literatura arqueológica atribuyó esa fase constructiva más icónica del yacimiento a una etapa plenamente mesolítica, anterior a cualquier contacto con comunidades agrícolas. Estudios recientes de datación por espectrometría de masas con acelerador, una técnica que refina el método clásico del carbono 14 y permite fechar con precisión muestras orgánicas mínimas, han revisado esa cronología. Sitúan el momento de mayor actividad constructiva y escultórica ya en las últimas décadas del séptimo milenio antes de Cristo. Esa fecha coincide con el propio proceso de neolitización, es decir, la extensión gradual de la agricultura y la vida campesina desde sus focos originales de Oriente Próximo hacia el resto de Europa, cuando las poblaciones locales de cazadores recolectores entraron en contacto, y en parte se mezclaron genéticamente, con comunidades agrícolas procedentes de Anatolia. Ese ajuste cronológico no resta valor al yacimiento como testimonio de complejidad social mesolítica, pero sí matiza la imagen de una sociedad completamente aislada del proceso de cambio que se desarrollaba a su alrededor.

El propio final del Mesolítico, allí donde se produjo, rara vez respondió a una evolución puramente interna de las sociedades cazadoras recolectoras. El análisis del ADN antiguo extraído de restos humanos de distintas regiones de Europa muestra, de manera creciente, episodios de sustitución y mezcla poblacional asociados a la llegada de agricultores de ascendencia anatolia, que se desplazaron hacia el norte y el oeste del continente a lo largo de varios milenios y a ritmos muy distintos según la región. Esa llegada explica, mejor que cualquier supuesto retraso cultural de las comunidades mesolíticas, por qué el final de este periodo se sitúa hacia el año 8000 antes de Cristo en algunas zonas del Próximo Oriente y hasta el 3000 antes de Cristo en amplias regiones de Escandinavia. Lejos de tratarse de un simple peldaño intermedio en una escalera universal hacia la agricultura, el Mesolítico es, en última instancia, el testimonio arqueológico más claro de que esa escalera nunca existió como un trayecto único, sino como un mosaico de decisiones, contactos y resistencias que cada región del planeta antiguo recorrió a su propio ritmo.