Biografías
Alfred Nobel, el hombre solitario detrás de la fortuna que premia al mundo
Antes de convertirse en sinónimo de excelencia científica y literaria, Alfred Nobel fue un ingeniero itinerante y empresario de explosivos que nunca se casó y terminó sus días temiendo la soledad.

Propietario de trescientas cincuenta y cinco patentes y de un entramado comercial extendido por más de veinte países, Alfred Nobel consolidó una fortuna que en valores actuales supera los doscientos millones de dólares. Su trayectoria concluyó, no obstante, en el aislamiento de su villa en la Riviera italiana, atendido únicamente por el personal de servicio tras una larga correspondencia en la que anticipaba ese solitaria desenlace. Esa fractura entre el éxito material y la desolación personal, más que una filantropía calculada, explica por qué un fabricante de explosivos terminó legando su patrimonio a galardonar la física, la química, la medicina, la literatura y la paz.
De Estocolmo a San Petersburgo, una infancia itinerante
Nobel nació en Estocolmo el 21 de octubre de 1833, cuarto hijo del ingeniero e inventor autodidacta Immanuel Nobel y de Andriette Ahlsell. El hogar atravesó graves dificultades económicas desde los primeros años de Alfred, hasta que Immanuel decidió trasladarse a San Petersburgo, donde logró establecer un taller dedicado a la fabricación de minas submarinas para el ejército del zar, negocio de gran rentabilidad durante los años previos a la guerra de Crimea. Posteriormente, su esposa e hijos se reunieron con él en Rusia hacia 1842. Alfred nunca asistió a la escuela de manera regular, sino que recibió formación de tutores privados que le permitieron dominar varios idiomas a una edad temprana y desarrollar un interés precoz por la química.
El fin de la guerra de Crimea, en 1856, resultó catastrófico para los negocios de Immanuel Nobel, cuyos principales clientes habían sido las fuerzas armadas rusas movilizadas durante el conflicto. La empresa familiar quebró y buena parte de la familia regresó a Suecia, mientras Alfred y sus hermanos mayores permanecían todavía en Rusia intentando reflotar el negocio. Fue en ese contexto de inestabilidad económica donde Nobel comenzó a interesarse de manera sistemática por la nitroglicerina, un compuesto descubierto pocos años antes por el químico italiano Ascanio Sobrero y conocido tanto por su enorme poder explosivo como por su extrema inestabilidad.
El precio de la nitroglicerina
De regreso en Suecia, Nobel y su padre instalaron un laboratorio en Heleneborg, a las afueras de Estocolmo, dedicado a experimentar con la nitroglicerina. En 1864, una explosión en ese laboratorio mató a cinco personas, entre ellas Emil, el hermano menor de Nobel, que entonces tenía veinte años. Las autoridades municipales prohibieron de inmediato cualquier nuevo experimento con nitroglicerina dentro de los límites de la ciudad, lo que obligó a Nobel a trasladar sus pruebas a una barcaza anclada en el lago Mälaren. Lejos de abandonar la investigación, Nobel intensificó la búsqueda de una forma más segura de manipular el compuesto, y tras probar sin éxito con serrín, carbón vegetal y polvo de ladrillo, descubrió que mezclarlo con kieselguhr, una tierra silícea de origen fósil, producía una pasta moldeable y considerablemente más estable.
En 1867 patentó ese hallazgo bajo el nombre de dinamita, tomado del griego dynamis, cuyo significado es «poder» o «fuerza». El invento revolucionó industrias como la minería y la construcción de infraestructuras, y permitió a Nobel levantar en pocos años un imperio industrial con fábricas en más de noventa localidades repartidas en más de veinte países, lo que le valió el sobrenombre, no exento de ironía, de vagabundo más rico de Europa. A la dinamita siguieron otras patentes relevantes, entre ellas la gelignita, presentada en 1875 como una gelatina explosiva más potente y estable, y la balistita, una pólvora sin humo desarrollada en 1887 que originaría además una disputa legal de gran repercusión con fabricantes británicos de un producto similar.
Las dos mujeres de una vida solitaria
Nobel nunca se casó ni tuvo descendencia, aunque su vida sentimental, documentada de forma incompleta durante décadas, ha ido revelándose con mayor detalle a medida que archivos privados salieron a la luz. En 1876 contrató como secretaria, a través de un anuncio publicado en la prensa, a la condesa austríaca Bertha Kinsky, con quien mantuvo conversaciones diarias durante apenas una semana antes de que ella regresara a Viena para casarse en secreto con el barón Arthur von Suttner. Lejos de terminar allí, la relación entre ambos se prolongó durante dos décadas a través de una correspondencia constante y de varios reencuentros en París, y Bertha von Suttner, convertida con los años en una destacada activista pacifista y autora de la influyente novela ¡Abajo las armas!, es señalada por buena parte de los biógrafos de Nobel como una de las principales influencias detrás de la inclusión de un premio a la paz en su testamento, cuyo texto le envió personalmente apenas lo hubo firmado en 1895. Suttner recibiría, en 1905, el propio Premio Nobel de la Paz.
De forma paralela, Nobel mantuvo durante cerca de dieciocho años una relación con Sofie Hess, una joven austríaca de origen humilde que trabajaba en una floristería de Baden, cerca de Viena, cuando se conocieron también en 1876. Nobel la instaló en distintos apartamentos parisinos que pagaba de su propio bolsillo, en una relación marcada por fuertes desequilibrios de poder y por tensiones crecientes, especialmente cuando Hess decidió, años más tarde, casarse con otro hombre. El vínculo económico entre ambos generó, tras la muerte de Nobel, un intento de presión legal contra el albacea Ragnar Sohlman por parte de Hess, insatisfecha con la renta vitalicia que el testamento le había asignado. Nobel dedicó además buena parte de su tiempo libre a la literatura, un interés que mantuvo prácticamente en secreto, y llegó a escribir una tragedia en cuatro actos titulada Némesis, inspirada en la historia de la noble italiana Beatrice Cenci. La obra se imprimió mientras agonizaba, y su familia, escandalizada por el contenido, destruyó la totalidad de la tirada salvo tres ejemplares, que no volverían a publicarse hasta 2003 ni a representarse hasta 2005.
Los últimos años de su vida transcurrieron entre Bofors, donde había adquirido una fábrica de armamento sueca, París y finalmente San Remo, en la costa italiana, donde se instaló en una villa que llamaba Mio Nido. Allí, aquejado de una dolencia cardíaca que se agravaba con el tiempo, continuó trabajando y escribiendo cartas hasta el 10 de diciembre de 1896, cuando sufrió una hemorragia cerebral estando solo en su estudio y murió esa misma noche, atendido únicamente por su servidumbre, sin ningún familiar ni amigo cercano presente. Años antes había expresado, en una de sus cartas, el temor a morir sin que nadie estuviera allí para cerrarle los ojos y susurrarle una última palabra de consuelo, un temor que se cumpliría de manera casi literal. Ese contraste entre la magnitud pública de su legado industrial y la soledad estrictamente privada de su final es, quizás, la clave más reveladora para entender por qué decidió convertir su fortuna, nacida de instrumentos de destrucción, en el fondo destinado a premiar, año tras año, aquello que más pudiera beneficiar a la humanidad.




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