Biografía de una novela
La metamorfosis, la metamorfosis de un hombre en su propia familia
Escrita en apenas tres semanas de 1912 y publicada en 1915, La metamorfosis narra la transformación de Gregor Samsa en un insecto monstruoso, pero su verdadero tema es otro, la rapidez con la que una familia puede dejar de reconocer a quien ya no le resulta útil.

[Conviene precisar, antes de comenzar, que aunque suele fecharse la obra en 1915, esa es la fecha de su primera publicación; Kafka redactó el relato en apenas tres semanas de finales de 1912, casi tres años antes de que llegara a manos de sus lectores]. En el otoño de ese año, Kafka atravesaba el episodio de mayor intensidad creativa de toda su vida. El 13 de agosto había conocido en casa de su amigo Max Brod a Felice Bauer, una empleada berlinesa con la que iniciaría de inmediato una correspondencia frenética. Dos días después de aquel encuentro, en la noche del 22 al 23 de septiembre, escribió de un solo tirón El fallo, el relato que consideraría durante el resto de su vida como su verdadero punto de partida literario. Ocho semanas más tarde, entre el 17 de noviembre y los primeros días de diciembre, esa misma fiebre de escritura produjo La metamorfosis.
Un otoño de escritura febril
Kafka trabajaba entonces como funcionario en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo para el Reino de Bohemia, en Praga, un empleo que había aceptado en buena medida para satisfacer a su padre, Hermann Kafka, un comerciante que se había abierto camino desde la pobreza y que nunca llegó a comprender las ambiciones literarias de su hijo. El horario del Instituto le dejaba las tardes libres, pero el agotamiento lo obligaba a escribir de noche, entre el insomnio y la intolerancia al ruido que documentó repetidamente en sus diarios. Esa tensión entre la vida de oficina y la escritura nocturna, sumada a una relación filial marcada por la humillación y la incomprensión mutua, atraviesa de manera casi literal el argumento de La metamorfosis, donde un viajante de comercio que sostiene económicamente a toda su familia despierta una mañana convertido en un ser que ya no puede cumplir esa función.
La coincidencia biográfica no es casual. El fallo, escrito semanas antes, narra la destrucción de un hijo a manos de un padre que pasa de la decrepitud aparente a convertirse en una figura de autoridad aplastante, y La metamorfosis puede leerse como una prolongación de ese mismo conflicto, trasladado ahora al terreno del cuerpo y sostenido a lo largo de un relato mucho más extenso. De hecho, se trataría de la obra de mayor extensión que Kafka llegaría a considerar terminada y a publicar por decisión propia en vida, a diferencia de las tres novelas que dejó inconclusas y que su amigo Max Brod publicaría después de su muerte desoyendo la instrucción expresa de destruirlas.
La palabra que Kafka nunca explicó
El término original que Kafka emplea para describir la transformación de Gregor Samsa es Ungeziefer, una palabra alemana que designa de forma genérica a un animal repugnante o dañino, y cuya raíz etimológica remite a la idea de un animal impuro, no apto para el sacrificio religioso. Kafka nunca precisa en el texto de qué insecto se trata exactamente, una ambigüedad deliberada que el propio autor defendió con firmeza frente a su editor. En una carta a Kurt Wolff fechada el 25 de octubre de 1915, poco antes de la publicación del libro, Kafka se opuso expresamente a que la cubierta representara al insecto
«El insecto mismo no puede ser dibujado, ni siquiera puede ser mostrado desde lejos»
La editorial respetó ese deseo, y la primera edición apareció con una ilustración de Ottomar Starke que muestra a un hombre con el rostro entre las manos frente a una puerta entreabierta, en una composición que recuerda a El grito de Edvard Munch, sin rastro alguno del insecto. Esa ambigüedad original ha generado una discusión crítica que se prolonga hasta hoy. El escritor y lepidopterólogo Vladimir Nabokov, que llegó a valorar el relato como la segunda obra en prosa más importante del siglo XX, después únicamente del Ulises de James Joyce, sostuvo en sus célebres clases universitarias que Gregor era en realidad un escarabajo dotado de alas ocultas bajo el caparazón, alas que el propio personaje nunca llega a descubrir y que le habrían permitido escapar. Se trata de una lectura sugestiva, aunque el propio texto de Kafka jamás confirma ese detalle, y buena parte de la crítica posterior prefiere conservar la indeterminación original antes que resolverla a favor de una especie concreta.
La familia como sistema económico
El relato se organiza en tres partes de extensión similar, cada una de las cuales culmina en una crisis que redefine la posición de Gregor dentro de la casa. En la primera, la familia reacciona con horror y encierra a Gregor en su habitación, aunque su hermana Grete asume la tarea de alimentarlo y limpiar tras él, una función de cuidado que la convierte, durante un tiempo, en su único vínculo con el resto del hogar. En la segunda, el propio padre, en un arrebato de violencia, le arroja una manzana que queda incrustada en su caparazón y que terminará infectándose, agravando de forma irreversible su deterioro físico. En la tercera, agotado el cuidado inicial de Grete y sustituido el sueldo de Gregor por los ingresos que ahora aportan el padre, la madre y unos huéspedes que la familia ha debido alquilar, la presencia del insecto pasa de ser una tragedia a convertirse en una simple molestia doméstica, hasta que Gregor muere solo, de inanición y por efecto de la herida infectada, prácticamente sin que nadie lo advierta.
El desenlace resulta, en ese sentido, más perturbador que la propia transformación inicial. Tras la muerte de Gregor, la familia experimenta un alivio que no disimula, y el relato concluye con los tres miembros restantes emprendiendo un paseo en tranvía hacia las afueras de la ciudad, durante el cual los padres advierten, con satisfacción, que Grete se ha convertido en una joven de cuerpo pleno, lista para el matrimonio. Esa sustitución de un hijo por otro, mediada enteramente por consideraciones de utilidad económica y social, es lo que ha llevado a buena parte de la crítica a leer La metamorfosis no tanto como una fábula sobre la monstruosidad física, sino como una investigación despiadada sobre la naturaleza contractual del vínculo familiar, en la que el afecto se sostiene mientras dura la capacidad de aportar y se retira en cuanto esa capacidad desaparece.
Esa multiplicidad de lecturas posibles, que combinan la crítica al trabajo asalariado, la culpa filial, el trasfondo religioso de la palabra Ungeziefer y la propia biografía de Kafka, explica en parte por qué el relato ha resistido más de un siglo de interpretaciones sin agotarse en ninguna de ellas. La transformación de Gregor Samsa nunca llega a explicarse, ni siquiera se intenta explicarla, y es precisamente esa negativa a ofrecer una causa lo que ha convertido a La metamorfosis en uno de los textos más discutidos de la literatura del siglo XX, además de en la obra con la que el nombre de Kafka quedaría asociado de manera casi inseparable para los lectores posteriores.







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