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Biografías

Adam Smith y el nacimiento de una nueva forma de comprender la riqueza

Un recorrido por la vida, la formación intelectual y el legado de Adam Smith, cuya obra transformó para siempre la manera de entender la economía, el comercio y la organización de las sociedades modernas.

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Adam Smith y el nacimiento de una nueva forma de comprender la riqueza
Estatua de Adam Smith en la Royal Mile de Edimburgo.Cortesía de Lesley Martin/Reuters

La Escocia de mediados del siglo XVIII vivía una efervescencia intelectual que los historiadores han denominado la Ilustración escocesa, un movimiento que combinó filosofía moral, ciencia natural y economía política en ciudades como Edimburgo y Glasgow, entonces algunos de los centros universitarios más dinámicos de Europa. En ese ambiente se formó Adam Smith, cuya obra terminaría por transformar el modo en que Europa comprendía la riqueza, el comercio y la organización de las sociedades modernas. Su contribución no derivó de un hallazgo aislado, sino de una revisión profunda de las categorías con las que el pensamiento económico había operado hasta entonces.

Formación en la Ilustración escocesa

Durante buena parte del siglo XVII y comienzos del XVIII, el pensamiento económico europeo había identificado la prosperidad de una nación con la acumulación de oro y plata, premisa central del mercantilismo que orientó la política comercial de las principales potencias. Smith cuestionó esa equivalencia y propuso, en su lugar, que la verdadera riqueza dependía de la capacidad productiva de una sociedad y del trabajo de quienes la componían. Esa reformulación, aparentemente sencilla, alteró de raíz el debate económico y sentó buena parte de las bases intelectuales sobre las que se desarrollaría, décadas más tarde, el capitalismo industrial.

Adam Smith nació en Kirkcaldy, localidad portuaria del condado escocés de Fife, y fue bautizado el 5 de junio de 1723, fecha que la tradición biográfica ha adoptado como la de su nacimiento. Su padre, funcionario de aduanas del mismo nombre, había muerto pocos meses antes, de manera que el niño creció bajo el cuidado casi exclusivo de su madre, Margaret Douglas, con quien mantendría un vínculo estrecho hasta la muerte de ella, ocurrida apenas seis años antes que la suya.

Algunos biógrafos del siglo XIX relataron que, siendo todavía un niño, Smith fue raptado brevemente por un grupo de itinerantes antes de ser recuperado por sus familiares. La documentación disponible no permite confirmar el episodio con certeza, por lo que la historiografía contemporánea tiende a tratarlo como anécdota transmitida oralmente antes que como hecho verificado.

A los catorce años, edad habitual de ingreso universitario en la Escocia de la época, Smith se matriculó en la Universidad de Glasgow. Allí recibió la influencia decisiva de Francis Hutcheson, catedrático de filosofía moral conocido por impartir sus lecciones en inglés, en lugar del latín todavía predominante, y por integrar en su enseñanza cuestiones de ética, derecho natural y economía. Bajo su magisterio, Smith comenzó a interesarse por problemas que trascendían la filosofía especulativa y se adentró en el estudio de las instituciones humanas.

Una beca Snell le permitió continuar su formación en el Balliol College de la Universidad de Oxford, donde permaneció entre 1740 y 1746. La experiencia, sin embargo, distó de satisfacer sus expectativas. Décadas más tarde, en La riqueza de las naciones, criticaría el ambiente académico de la institución al señalar que buena parte de sus profesores habían renunciado incluso a la pretensión de enseñar. Aquel juicio, severo para los estándares de la época, anticipa uno de los rasgos más constantes de su pensamiento. Las instituciones, sostenía, únicamente cumplen su función cuando conservan vivo el propósito para el que fueron creadas.

De regreso en Escocia, Smith impartió a partir de 1748 un ciclo de conferencias públicas en Edimburgo sobre retórica y jurisprudencia, auspiciado por Henry Home, Lord Kames, figura influyente de la Ilustración escocesa. El éxito de aquellas lecciones le abrió las puertas de la Universidad de Glasgow, donde ocupó primero la cátedra de Lógica y, desde 1752, la de Filosofía Moral, entonces la más prestigiosa de la institución.

La teoría de los sentimientos morales

En 1759 publicó La teoría de los sentimientos morales, obra que antecede casi dos décadas a su tratado económico y que resulta indispensable para comprender el conjunto de su pensamiento. En sus páginas defendía que los seres humanos poseen una capacidad natural para comprender las emociones ajenas mediante la simpatía, entendida no como compasión superficial sino como la facultad de imaginarse en la situación de otro individuo. La conducta moral, sostenía Smith, no depende únicamente de las leyes ni del temor al castigo, sino del juicio que cada persona formula sobre sus propios actos al contemplarlos desde la perspectiva de un espectador imparcial, instancia interior que actúa como referencia de la conciencia.

La importancia de esta obra suele quedar eclipsada por sus escritos posteriores. El consenso mayoritario entre los historiadores del pensamiento económico sostiene, sin embargo, que constituye el fundamento filosófico sobre el que descansan sus reflexiones sobre el comercio y la producción. El comerciante, el trabajador o el gobernante que aparecen en sus análisis económicos nunca dejan de ser, para Smith, individuos insertos en una comunidad moral.

El viaje por Francia y el contacto con los fisiócratas

Entre 1764 y 1766, Smith abandonó temporalmente la docencia para acompañar como tutor al joven Henry Scott, duque de Buccleuch, en un viaje de formación por Francia y Suiza. El recorrido, financiado por los tutores del duque, formaba parte de la tradición educativa de la aristocracia británica y permitió a Smith conocer de primera mano algunos de los principales centros intelectuales del continente.

Durante su estancia en París, Smith trató personalmente a varios miembros del círculo fisiócrata, entre ellos François Quesnay, médico de Madame de Pompadour y autor del Tableau économique, y Anne-Robert-Jacques Turgot, entonces intendente de Limoges. Los fisiócratas sostenían que la verdadera fuente de la riqueza residía en la producción agrícola y no en la acumulación de metales preciosos ni en el comercio, una idea que contrastaba con el mercantilismo todavía dominante. Aunque Smith no compartió plenamente su énfasis exclusivo en la tierra como único factor productivo, el contacto con este grupo reforzó su convicción de que el origen de la prosperidad debía buscarse en la capacidad productiva de una sociedad y no en la mera circulación de oro y plata.

El viaje también le permitió observar de cerca las diferencias entre las instituciones francesas y las británicas, así como los efectos de un sistema fiscal y administrativo mucho más centralizado. Estas observaciones, junto con las conversaciones mantenidas en los salones parisinos, dejaron una huella visible en varios pasajes de La riqueza de las naciones, especialmente en aquellos dedicados a la crítica del mercantilismo y a la defensa de un orden económico basado en la libertad de producción e intercambio.

El periodo se vio truncado en 1766 por la muerte del hermano menor del duque de Buccleuch, lo que obligó a interrumpir el viaje y regresar a Gran Bretaña. A pesar de su relativa brevedad, aquellos dos años resultaron decisivos en la maduración del pensamiento económico de Smith.

La riqueza de las naciones

En 1776, el mismo año en que las colonias británicas de Norteamérica proclamaban su independencia, Smith publicó Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, obra que transformó el estudio de la economía política. Su argumento central se apartaba de buena parte de las ideas mercantilistas que habían predominado durante siglos, al proponer que la prosperidad de una nación dependía de la productividad de su trabajo y de la libertad con que este pudiera organizarse.

Uno de los pasajes más citados del libro describe la fabricación de alfileres. Smith observó que un trabajador aislado, sin formación específica en el oficio, apenas lograría producir un puñado de unidades al día, e incluso podría no completar una sola. En cambio, cuando el proceso se dividía en operaciones especializadas, hasta dieciocho según su propio recuento, diez trabajadores podían fabricar cerca de cuarenta y ocho mil alfileres en una jornada. Aquella diferencia, casi inverosímil, ilustraba el principio de la división del trabajo, que Smith consideraba el motor último del crecimiento de la productividad.

Fue también en esta obra donde apareció, de manera breve y casi incidental, la célebre referencia a la mano invisible. Conviene, sin embargo, evitar la lectura simplificada que la posteridad ha hecho de la expresión. Diversas investigaciones, entre ellas las de la historiadora Emma Rothschild, han señalado que Smith empleó la fórmula en apenas tres ocasiones a lo largo de toda su obra y con un alcance mucho más restringido del que suele atribuírsele, lejos de la defensa incondicional del mercado que la tradición económica posterior terminó por proyectar sobre ella. Su planteamiento original era más modesto. En determinadas circunstancias, sostenía, la búsqueda racional del beneficio individual podía generar efectos favorables para el conjunto de la sociedad sin que ese resultado hubiera sido deliberadamente planeado.

Se olvida con frecuencia que el propio Smith asignaba al Estado funciones esenciales. La defensa nacional, la administración de justicia, la construcción de determinadas obras públicas y el sostenimiento de instituciones educativas figuraban entre las responsabilidades que consideraba indispensables para el correcto funcionamiento de una nación, matiz que buena parte de sus lectores posteriores prefirió pasar por alto.

Legado e interpretaciones

La influencia de Adam Smith se extendió mucho más allá de la economía y alimentó debates que alcanzaron disciplinas tan diversas como la filosofía política, la sociología y la historiografía. Durante la Revolución Industrial, sus ideas fueron interpretadas de maneras muy distintas. Algunos pensadores las invocaron para defender una intervención estatal mínima, mientras otros recordaron que el propio Smith había advertido sobre los riesgos derivados de los monopolios, las restricciones comerciales y la concentración excesiva del poder económico. Persisten, en ese sentido, discrepancias historiográficas sobre hasta qué punto el liberalismo económico posterior representa fielmente su pensamiento original.

Incluso autores profundamente críticos del capitalismo, como Karl Marx, estudiaron con detenimiento sus escritos antes de formular sus propias teorías, reconociendo en Smith al primer autor que había abordado de manera sistemática la relación entre trabajo, valor y producción.

«La ciencia es el gran antídoto contra el veneno del entusiasmo y la superstición»

La observación, incluida por Smith en las páginas que La riqueza de las naciones dedica a la educación pública, sostiene que la instrucción científica y la difusión del arte y la filosofía contribuyen a moderar el fanatismo religioso entre la población. La cita resume una actitud intelectual que atravesó toda su trayectoria. Antes que defender dogmas, procuró comprender los mecanismos que organizan la vida social mediante la observación, la experiencia y el razonamiento.

Adam Smith falleció en Edimburgo el 17 de julio de 1790, en su residencia de Panmure House, e instruyó a sus albaceas, los científicos Joseph Black y James Hutton, para que destruyeran buena parte de sus manuscritos inéditos. La decisión alimentó durante generaciones la curiosidad de historiadores y economistas, conscientes de que numerosas reflexiones desaparecieron con él para siempre.

Su legado, con todo, no reside únicamente en los principios económicos que todavía hoy se estudian en universidades de todo el mundo. Reside, sobre todo, en haber demostrado que la economía difícilmente puede comprenderse aislada de la historia, de la filosofía o de la naturaleza humana, convicción más amplia que cualquier teoría concreta y que continúa explicando buena parte de su vigencia dos siglos y medio después de formulada.