Historia de la prehistoria
El Paleolítico, el 99 por ciento olvidado de la historia humana
Mucho antes de la agricultura y las ciudades, el Paleolítico fue el vasto escenario donde se forjaron algunas de las capacidades que hoy reconocemos como propiamente humanas, desde el lenguaje y el arte hasta el dominio del fuego.
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Si se representara toda la historia conocida del uso de herramientas por parte de los homínidos como una única jornada de veinticuatro horas, la agricultura no aparecería hasta faltar apenas cuatro minutos para la medianoche, y la escritura, la rueda o las primeras ciudades quedarían comprimidas en el último minuto y medio. El resto de esa jornada, más de veintitrés horas y media, corresponde al periodo que la arqueología denomina Paleolítico, la edad de la piedra tallada, que se extiende desde la aparición de las primeras herramientas líticas hace unos 3,3 millones de años hasta el final de la última glaciación, hace aproximadamente 11.700 años. Comprender ese periodo no es un ejercicio de anticuario interesado en lo remoto, sino la condición necesaria para entender de dónde proceden capacidades tan centrales para la especie humana como el lenguaje simbólico, la cooperación a gran escala, el arte o el propio dominio del fuego.
Un origen anterior al propio género Homo
Durante más de medio siglo, la arqueología dio por sentado que la fabricación deliberada de herramientas de piedra era un rasgo exclusivo del género Homo, vinculado además a la expansión de las sabanas africanas tras el enfriamiento climático del Plioceno tardío. Esa certeza se sostenía sobre todo en los hallazgos de Olduvai, en Tanzania, donde Mary y Louis Leakey documentaron a partir de la década de 1930 la industria conocida como Oldowan, con una antigüedad de alrededor de 2,6 millones de años y asociada a la especie Homo habilis. En 2015, sin embargo, un equipo dirigido por la arqueóloga Sonia Harmand publicó en la revista Nature el hallazgo del yacimiento de Lomekwi 3, en Kenia, donde se recuperaron herramientas de piedra de 3,3 millones de años de antigüedad, siete cientos mil años más antiguas que el propio Oldowan y anteriores, por tanto, a la aparición documentada del género Homo.
Ese hallazgo, que el propio equipo bautizó como industria lomekwiense, planteó una pregunta que la disciplina todavía no ha resuelto de manera unánime, la de qué especie de homínido, casi con certeza un australopiteco o un pariente cercano como Kenyanthropus platyops, fue capaz de desarrollar esa tecnología rudimentaria mucho antes de que existiera el linaje humano propiamente dicho. [Persisten dudas dentro de la comunidad arqueológica sobre la interpretación de algunas de estas piezas, ya que una parte de los especialistas ha señalado la posibilidad de que ciertas fracturas atribuidas a la talla intencional respondan en realidad a procesos naturales, un debate que la propia autora del hallazgo reconoce como una de las principales líneas de investigación pendientes]. Con esa salvedad, el consenso mayoritario sostiene hoy que la capacidad de golpear una piedra contra otra para obtener un filo cortante antecede en al menos medio millón de años a la aparición de nuestro propio género, lo que obliga a replantear la vieja asociación entre la fabricación de herramientas y una supuesta superioridad cognitiva exclusivamente humana.
El fuego, el Homo erectus y la conquista de nuevos territorios
Hacia 1,76 millones de años, la industria Oldowan fue sustituida progresivamente por la denominada Acheulense, caracterizada por bifaces y hachas de mano talladas con una simetría considerablemente más elaborada, y asociada de manera mayoritaria a Homo erectus, la primera especie del género humano en abandonar el continente africano. Los yacimientos de Dmanisi, en Georgia, con una antigüedad cercana a 1,8 millones de años, documentan esa primera expansión hacia Eurasia, protagonizada por una especie con una capacidad craneal notablemente menor que la nuestra pero con una plasticidad conductual suficiente para adaptarse a climas y ecosistemas radicalmente distintos de la sabana africana en la que había evolucionado.
Esa capacidad de adaptación se vio reforzada de manera decisiva por el control del fuego, uno de los hitos tecnológicos más determinantes de todo el Paleolítico. La evidencia arqueológica más sólida de uso controlado del fuego procede de la cueva de Wonderwerk, en Sudáfrica, con restos de cenizas y huesos calcinados de aproximadamente un millón de años de antigüedad, aunque el uso habitual y generalizado del fuego, con hogares estructurados presentes de forma sistemática en los yacimientos, no se documenta de manera extendida hasta hace unos 400.000 años. Las consecuencias de ese dominio fueron múltiples y se refuerzan entre sí, la cocción de los alimentos facilitó su digestión y liberó una cantidad de energía metabólica adicional que numerosos investigadores vinculan con el propio aumento del tamaño cerebral posterior, mientras que el fuego como fuente de calor y protección frente a los depredadores permitió la colonización de latitudes considerablemente más frías que las del continente africano original.
El origen de nuestra especie y la revisión del relato africano
Durante décadas, el consenso paleoantropológico situó el origen de Homo sapiens hace unos 200.000 años en el este de África, sobre la base de fósiles como los de Omo Kibish, en Etiopía. Esa cronología se vio profundamente revisada en 2017, cuando un equipo dirigido por Jean-Jacques Hublin, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, publicó en Nature la redatación de los fósiles humanos del yacimiento de Jebel Irhoud, en Marruecos. Descubiertos originalmente en 1961 y atribuidos entonces a neandertales africanos de apenas 40.000 años de antigüedad, un nuevo análisis mediante datación por termoluminiscencia de herramientas de sílex quemadas, halladas en directa asociación con los restos humanos, situó la ocupación del yacimiento entre 286.000 y 350.000 años atrás, lo que retrasaba en al menos cien mil años la aparición documentada de rasgos anatómicos propios de nuestra especie.
Ese hallazgo no solo alteró la cronología, sino también la geografía del propio relato evolutivo, al sugerir que los rasgos característicos de Homo sapiens no emergieron de manera puntual en un único núcleo del este de África, sino de forma más dispersa y gradual a lo largo de buena parte del continente, un modelo que la investigación actual describe como panafricano. Durante buena parte de ese mismo periodo, Homo sapiens compartió el continente eurasiático con los neandertales, una especie hermana adaptada a los climas fríos de Europa y Asia occidental durante varios cientos de miles de años. El análisis genómico de restos fósiles ha confirmado que ambas poblaciones llegaron a cruzarse, un legado que persiste hoy en forma de un pequeño porcentaje del genoma de la mayoría de las poblaciones humanas no africanas. Los neandertales se extinguieron hace entre 37.000 y 40.000 años, tras un periodo de coexistencia con nuestra especie en territorio europeo que, según las estimaciones más recientes basadas en dataciones radiocarbónicas recalibradas, pudo prolongarse entre varios cientos y varios miles de años según la región considerada, sin que la comunidad científica haya alcanzado todavía un acuerdo definitivo sobre las causas exactas de su desaparición.
La explosión simbólica del Paleolítico superior
Durante mucho tiempo, la investigación arqueológica describió el periodo comprendido entre hace unos 50.000 y 40.000 años como una auténtica revolución cognitiva, un momento de aparición súbita del pensamiento simbólico, el arte y el lenguaje complejo en poblaciones de Homo sapiens que hasta entonces se habrían comportado de manera conductualmente similar a otras especies humanas anteriores. Esa narrativa de cambio repentino ha sido matizada de forma considerable por investigaciones posteriores, entre ellas el influyente trabajo de las arqueólogas Sally McBrearty y Alison Brooks, quienes en 2000 reunieron evidencia de comportamiento simbólico considerablemente anterior en yacimientos africanos, como los fragmentos de ocre grabados con patrones geométricos hallados en la cueva de Blombos, en Sudáfrica, con una antigüedad de entre 75.000 y 100.000 años. El consenso actual tiende a describir la aparición del comportamiento simbólico como un proceso acumulativo y geográficamente disperso, antes que como un único acontecimiento revolucionario concentrado en Europa.
Con todas esas matizaciones, resulta innegable que el llamado Paleolítico superior, iniciado hace unos 50.000 años, dejó un registro arqueológico de una densidad simbólica sin precedentes. Las pinturas rupestres de la cueva de Chauvet, en el sur de Francia, datadas en torno a 36.000 años de antigüedad, muestran ya un dominio técnico del claroscuro y la perspectiva que desmiente cualquier lectura simplista de estas sociedades como culturalmente rudimentarias, mientras que yacimientos posteriores como Lascaux, de unos 17.000 años de antigüedad, o Altamira, en el norte de España, confirman la extensión geográfica de esa tradición pictórica por buena parte de Europa occidental. A esas manifestaciones pictóricas se suman las llamadas venus paleolíticas, pequeñas figurillas femeninas talladas en marfil, hueso o piedra, y prácticas funerarias cada vez mejor documentadas, que incluyen ajuares y disposiciones corporales deliberadas, indicio de marcos conceptuales sobre la muerte considerablemente más elaborados de lo que la etiqueta de prehistoria suele evocar en el imaginario popular.
El final del Paleolítico no responde a una decisión cultural, sino a un cambio climático de escala planetaria, el tránsito del Pleistoceno al Holoceno hace unos 11.700 años, que puso fin a la última glaciación y transformó de manera radical los ecosistemas de los que dependían las sociedades cazadoras recolectoras. Ese nuevo escenario climático, más estable y cálido, sentó las condiciones que permitirían, en distintas regiones del planeta y de manera independiente entre sí, el tránsito hacia la agricultura y la vida sedentaria que definiría el periodo Neolítico. Que ese cambio, ocurrido en apenas los últimos diez mil años, tienda a eclipsar en la memoria colectiva los casi tres millones y medio de años que lo precedieron dice menos sobre la relevancia real del Paleolítico que sobre la propia dificultad humana para dimensionar periodos de tiempo que exceden, con enorme holgura, cualquier experiencia individual o incluso colectiva reciente.



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