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Biografías

Isaac Newton y el nacimiento de la ciencia moderna

Isaac Newton, figura central de la Revolución Científica, desarrolló a lo largo de su vida investigaciones en física, óptica, alquimia y teología, culminando en los Principia, obra que transformaría nuestra comprensión del universo.

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Isaac Newton y el nacimiento de la ciencia moderna
Sir Isaac Newton rodeado de símbolos de algunos de sus mayores hallazgos.Ilustración por Jean-Leon Huens, National Geographic Stock

La Inglaterra de mediados del siglo XVII emergía de una guerra civil que había decapitado a un rey y puesto en entredicho buena parte de las certezas religiosas y políticas heredadas de siglos anteriores, un clima de incertidumbre que, paradójicamente, favoreció también la eclosión de una nueva actitud hacia el conocimiento natural, empírica y experimental, ajena ya a la autoridad indiscutida de Aristóteles. En ese contexto de transformación, apenas cuatro años antes de que un grupo de filósofos naturales fundara en Londres la Royal Society, nació, el 25 de diciembre de 1642 según el calendario juliano todavía vigente en Inglaterra, quien llegaría a convertirse en una de las figuras decisivas de aquella transformación científica, Isaac Newton.

Newton vino al mundo en la granja de Woolsthorpe, en el condado de Lincolnshire, tres meses después de la muerte de su padre, un granjero acomodado pero analfabeto que nunca llegó a conocerlo. Nació de manera prematura y tan débil que, según relatos familiares posteriores, nadie esperaba que sobreviviera más allá de unos pocos días.

Cuando Newton contaba con apenas tres años, su madre, Hannah Ayscough, contrajo nuevas nupcias con un rector rural adinerado, Barnabas Smith, y se trasladó a vivir con él, dejando al niño al cuidado de su abuela materna en Woolsthorpe. Esa separación temprana, que se prolongó hasta la muerte del padrastro en 1653, ha sido señalada por biógrafos como Richard Westfall como una posible raíz de la desconfianza, el retraimiento social y la dificultad para el vínculo afectivo que caracterizarían al Newton adulto, aunque se trata, inevitablemente, de una interpretación psicológica retrospectiva y no de un hecho documentado como tal.

Educado en la escuela de Grantham, donde se alojó en casa del boticario local, Newton mostró escaso interés por las tareas agrícolas que su madre pretendía encomendarle tras la muerte de Smith. Fue su tío materno, William Ayscough, clérigo formado en Cambridge, quien convenció a la familia de reorientar al muchacho hacia los estudios universitarios, decisión que en 1661 lo llevó a ingresar en el Trinity College de Cambridge como sizar, la categoría más humilde del alumnado, que sufragaba sus estudios mediante tareas domésticas al servicio de otros estudiantes y miembros del claustro.

El plan de estudios oficial de Cambridge, todavía anclado en la filosofía aristotélica, apenas satisfizo la curiosidad del joven Newton, quien comenzó a llevar un cuaderno personal de anotaciones, conocido como Quaestiones quaedam philosophicae, donde registraba sus lecturas independientes de Descartes, Galileo, Gassendi y Robert Boyle. En la primera página de ese cuaderno inscribió una máxima clásica que resume con precisión su actitud intelectual de juventud.

«Amicus Plato amicus Aristoteles magis amica veritas»
«Platón es mi amigo, Aristóteles es mi amigo, pero más amiga es la verdad»

Los años milagrosos

Newton obtuvo su título de Bachiller en Artes en el Trinity College en 1665, para entonces ya convertido, casi por completo, en un matemático autodidacta. A las lecturas de filosofía natural registradas en el cuaderno de las Quaestiones sumó, en los meses previos a la graduación, los tratados de Kepler sobre las órbitas planetarias y la aritmética de infinitos de John Wallis, textos igualmente ajenos al currículo oficial que le permitieron rebasar, sin necesidad de tutor, el nivel de matemáticas que Cambridge exigía. Ese mismo año, la peste que asolaba Londres obligó a cerrar la universidad durante casi dos años. Refugiado de nuevo en Woolsthorpe, el joven graduado vivió entre 1665 y 1667 el periodo de mayor fecundidad intelectual de toda su vida, tan extraordinario que la historiografía de la ciencia lo conoce desde entonces como los anni mirabiles. Durante ese tiempo desarrolló los fundamentos del cálculo infinitesimal, al que denominó método de fluxiones, y llevó a cabo experimentos con prismas de vidrio que demostraron que la luz blanca no es una entidad simple, sino una mezcla de rayos de distintos colores, cada uno con un grado de refracción propio, refutando así siglos de teorías ópticas heredadas de Aristóteles.

A ese mismo periodo de aislamiento se remonta también su primera reflexión sobre la naturaleza de la gravedad, motivada, según relatos que el propio Newton transmitió en su vejez a allegados como William Stukeley y John Conduitt, por la observación de la caída de una manzana en el huerto de Woolsthorpe, episodio que la tradición popular exageró hasta convertirlo en un golpe directo sobre su cabeza, imagen sin respaldo en los testimonios originales, que hablan simplemente de una intuición súbita ante la caída cotidiana de los cuerpos. El propio Newton resumiría décadas después, con notable sobriedad, la intensidad creativa de esos años.

«En aquellos días me hallaba en el mejor momento de mi vida para la invención, y me dedicaba a las matemáticas y a la filosofía más que en cualquier otra época»

El profesor lucasiano y la disputa con Hooke

Reabierta la universidad, Newton regresó a Cambridge en 1667 y fue elegido miembro del claustro de Trinity College. Dos años más tarde, en 1669, su maestro Isaac Barrow renunció voluntariamente a la cátedra lucasiana de matemáticas para cedérsela a su discípulo, entonces de apenas veintiséis años, gesto de generosidad académica poco frecuente que catapultó a Newton a una posición de autoridad institucional inusual para su edad.

Esos mismos años lo vieron construir, en 1668, el primer telescopio reflector funcional de la historia, un instrumento que evitaba las aberraciones cromáticas de los telescopios refractores convencionales mediante el uso de espejos curvos en lugar de lentes. La presentación de ese instrumento ante la Royal Society en 1671 le valió su elección como miembro de la institución al año siguiente, y ese mismo 1672 remitió a la Society un artículo sobre la naturaleza de la luz y los colores que provocó una controversia inmediata, en particular con Robert Hooke, curador de experimentos de la Society, quien cuestionó tanto la originalidad como la solidez teórica de sus conclusiones. La virulencia de ese intercambio, y otros semejantes que siguieron durante la década, sumió a Newton en un profundo resentimiento hacia la crítica pública y lo llevó a replegarse durante años sobre trabajos que prefirió mantener alejados de la imprenta.

Los estudios secretos, la alquimia y la herejía religiosa

Paralelamente a su producción científica pública, Newton dedicó buena parte de sus años en Cambridge a una investigación privada y prolongada sobre alquimia, disciplina entonces situada en el límite impreciso entre la ciencia natural y la especulación esotérica, y formalmente proscrita por una ley inglesa medieval contra la multiplicación fraudulenta de oro. Redactó sobre la materia más de un millón de palabras que permanecieron inéditas hasta que buena parte de sus manuscritos, dispersados tras su muerte, fueron adquiridos en una subasta de 1936 por el economista John Maynard Keynes, quien tras estudiarlos ofreció una relectura del personaje que ha marcado la historiografía newtoniana posterior.

«Newton no fue el primero de la edad de la razón, fue el último de los magos»

Esa faceta oculta se extendía también al terreno religioso. Newton dedicó igualmente miles de páginas al estudio de la cronología bíblica y de las profecías del libro de Daniel y del Apocalipsis, investigaciones que lo condujeron a rechazar en privado la doctrina de la Trinidad por considerarla una corrupción histórica del cristianismo primitivo, convicción que jamás profesó abiertamente, ya que como miembro del claustro de Trinity College estaba obligado a ordenarse sacerdote de la Iglesia de Inglaterra. Solo gracias a una dispensa real obtenida en 1675, con la intervención de su antiguo maestro Barrow, logró Newton conservar su cátedra sin necesidad de ordenarse ni de profesar públicamente una fe trinitaria que en privado consideraba errónea.

Los Principia

El episodio que finalmente sacó a la luz la obra más trascendental de Newton se produjo en agosto de 1684, cuando el astrónomo Edmond Halley visitó Cambridge y le preguntó qué trayectoria describiría un planeta si la fuerza que lo atrae hacia el Sol decreciera con el cuadrado de la distancia. Newton respondió sin vacilar que la órbita sería una elipse, y afirmó haber realizado ya ese cálculo años atrás, aunque no lograba localizar el papel donde lo había consignado. Convencido de la importancia del hallazgo, Halley animó a Newton a redactar una demostración completa y se comprometió personalmente a costear su publicación.

El resultado de ese estímulo fueron los Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, publicados en 1687 gracias a que Halley sufragó de su propio bolsillo los costes de impresión, ya que las arcas de la Royal Society se habían agotado poco antes en la financiación de una costosa historia natural de los peces. En esa obra, Newton formuló sus tres leyes generales del movimiento y la ley de gravitación universal, demostrando que un mismo principio matemático gobierna tanto la caída de los cuerpos en la Tierra como las órbitas de los planetas, síntesis que le otorgó de manera prácticamente inmediata una fama sin precedentes para un matemático de su tiempo.

La Casa de la Moneda y las últimas batallas

Los años posteriores a la publicación de los Principia estuvieron marcados, sin embargo, por una crisis personal severa. En 1693, Newton envió a amigos como John Locke y Samuel Pepys cartas de tono acusatorio y paranoide que después atribuyó a la falta de sueño, episodio que algunos historiadores han relacionado con un posible envenenamiento por mercurio derivado de sus prolongados experimentos alquímicos, hipótesis que un análisis químico de un mechón de su cabello pareció respaldar en 1979, aunque otros especialistas prefieren explicar la crisis por el agotamiento nervioso acumulado tras décadas de trabajo obsesivo y aislamiento social.

Newton representó además a la Universidad de Cambridge en el Parlamento inglés en dos ocasiones, entre 1689 y 1690 y de nuevo entre 1701 y 1702, cargo en el que, según una anécdota de dudosa verificación pero ampliamente repetida, solo habría intervenido una vez para solicitar que se cerrara una ventana por la que entraba una corriente de aire. Su verdadera vocación administrativa se reveló, en cambio, al frente de la Casa de la Moneda británica, institución de la que fue nombrado guardián en 1696 y maestro en 1699. Lejos de limitarse a un cargo honorífico, Newton dirigió personalmente la persecución de falsificadores de moneda, interrogando él mismo a decenas de sospechosos, y protagonizó un célebre litigio contra el falsificador William Chaloner, cuya condena por alta traición en 1699 culminó en su ejecución.

En 1703 fue elegido presidente de la Royal Society, cargo que ocupó de manera ininterrumpida hasta su muerte y desde el que ejerció una autoridad considerable, no siempre exenta de arbitrariedad. Desde esa posición dirigió también la fase más enconada de su disputa con Gottfried Wilhelm Leibniz sobre la prioridad en la invención del cálculo infinitesimal, al promover en 1712 la constitución de un comité de la propia Royal Society, presentado como imparcial pero cuyo informe final, conocido como Commercium Epistolicum, el propio Newton redactó en gran medida de manera anónima, fallando de manera inequívoca a su favor.

Una animosidad semejante enfrentó a Newton con el astrónomo real John Flamsteed, cuyas observaciones estelares necesitaba para perfeccionar su teoría del movimiento lunar. Valiéndose de su posición institucional, Newton promovió en 1712 la publicación de una edición no autorizada del catálogo estelar de Flamsteed, contra la voluntad expresa de su autor, quien más tarde logró recuperar y destruir la mayor parte de los ejemplares impresos, episodio que ilustra hasta qué punto Newton estaba dispuesto a emplear su influencia institucional en beneficio de sus disputas personales.

En 1705, la reina Ana lo nombró caballero durante una visita a Cambridge, distinción que diversos historiadores atribuyen menos al reconocimiento de sus logros científicos, infrecuente en la época como criterio de ennoblecimiento, que al respaldo político a su candidatura, finalmente fallida, a la reelección parlamentaria de ese mismo año.

Newton murió mientras dormía, en Londres, la noche del 20 de marzo de 1727, y recibió honras fúnebres extraordinarias para un hombre de ciencia, con sepultura en la abadía de Westminster entre pares del reino que portaron su féretro. Voltaire, que se encontraba en Inglaterra por aquellas fechas, dejaría constancia de su asombro ante un país capaz de honrar a un matemático con los mismos ritos reservados a sus monarcas. El poeta Alexander Pope resumiría ese mismo sentimiento en un epitafio que, sin llegar a grabarse literalmente en la tumba, se asociaría para siempre con su memoria.

«La naturaleza y sus leyes yacían ocultas en la noche. Dijo Dios, hágase Newton, y todo fue luz»

Esa memoria pública, luminosa y serena, contrasta de manera notable con el hombre real que la historiografía ha ido reconstruyendo desde entonces, secreto, vengativo con sus rivales y atormentado por obsesiones que ocultó cuidadosamente durante toda su vida. La propia frase con la que Newton describió su deuda intelectual con la tradición científica que lo precedió, escrita en 1676 en una carta dirigida precisamente a su rival Robert Hooke, hombre de estatura menuda y espalda encorvada, ha sido leída por algunos historiadores no solo como un gesto de humildad, sino también como un dardo irónico dirigido a su destinatario, sin que la propia ambigüedad de la fuente permita zanjar esa lectura con certeza.

«Si he logrado ver más lejos, ha sido porque me alcé sobre hombros de gigantes»

Esa combinación irreductible de grandeza intelectual y pequeñez humana, de luz pública y sombra privada, define hoy tanto como sus propias leyes el lugar que Newton ocupa en la historia de la ciencia.