Historia de una ciudad
Roma, la ciudad que nunca dejó de reconstruirse sobre sí misma
Atenas conserva su Acrópolis y Menfis apenas sobrevive entre sus ruinas, pero Roma nunca dejó de ser una ciudad viva. Durante casi tres mil años, cada régimen construyó sobre los restos del anterior, haciendo de esa superposición histórica su rasgo más singular.

La mayoría de las grandes capitales del mundo antiguo terminaron por convertirse, tarde o temprano, en yacimientos arqueológicos que la vida contemporánea rodea sin llegar a habitar del todo. Menfis, capital del Egipto faraónico, es hoy un campo de ruinas visitado por turistas que pernoctan en El Cairo. Persépolis sobrevive como conjunto monumental sin población residente propia. Roma constituye, en ese sentido, una anomalía histórica, una ciudad que ha funcionado de manera prácticamente ininterrumpida como centro de poder político, religioso o cultural durante casi tres milenios, atravesando sin solución de continuidad la Monarquía, la República, el Imperio, el papado y la Italia unificada. Esa continuidad no ha significado inmovilismo, sino todo lo contrario, cada nuevo régimen construyó, casi siempre de manera literal, sobre los cimientos del anterior, hasta convertir el subsuelo de la ciudad en una secuencia estratigráfica de casi treinta siglos de historia humana superpuesta.
Del mito fundacional a la capital de un imperio
La tradición romana, transmitida sobre todo por el historiador Tito Livio, sitúa la fundación de la ciudad en el año 753 antes de Cristo, protagonizada por los hermanos gemelos Rómulo y Remo, hijos de Marte y amamantados por una loba tras ser abandonados en el río Tíber por orden de un tío usurpador. Ese relato fundacional, imposible de verificar como suceso histórico concreto, encuentra sin embargo un correlato arqueológico parcial en los restos de cabañas de la Edad del Hierro documentados en el Palatino, uno de los siete montes de la ciudad, con una antigüedad que efectivamente se remonta al siglo VIII antes de Cristo, el mismo periodo en que la tradición sitúa el nacimiento legendario de Roma. Tras dos siglos y medio de gobierno monárquico, la expulsión del último rey, Tarquino el Soberbio, en el año 509 antes de Cristo, dio paso a la República, el régimen bajo el cual la ciudad expandió de forma decisiva su influencia sobre el resto de la península itálica y, después, sobre el Mediterráneo.
La transformación más radical del paisaje urbano, sin embargo, llegaría con Augusto, primer emperador, quien según recoge el biógrafo Suetonio se atribuyó el mérito de haber encontrado una ciudad de ladrillo y dejado una ciudad de mármol. La investigación arquitectónica reciente ha matizado de forma considerable esa afirmación, la profesora Diane Favro, tras reconstruir digitalmente buena parte de la Roma augustea, ha señalado que la transformación real fue bastante menos completa de lo que la frase sugiere, y que la propia formulación funcionó, en buena medida, como una pieza de propaganda política destinada a consolidar la legitimidad de un régimen que, en la práctica, había puesto fin a la República. El propio historiador Casio Dión, siglos más tarde, atribuyó a Augusto una versión distinta de la misma idea, referida no a los materiales de construcción sino a la solidez institucional que había dejado tras de sí, una discrepancia entre fuentes antiguas que recuerda que incluso las frases más citadas de la historia romana llegaron a nosotros filtradas por la interpretación de quienes las transmitieron.
Un millón de habitantes y su desaparición casi total
En su apogeo, durante los siglos I y II después de Cristo, la ciudad de Roma alcanzó, según la estimación convencional más citada, una población cercana al millón de habitantes, una cifra que no volvería a igualarse en ninguna ciudad europea hasta bien entrado el siglo XIX. [Conviene señalar que esa cifra no goza de un consenso completamente cerrado, ya que investigaciones posteriores basadas en el cálculo de densidad de vivienda, como la del arqueólogo Glenn Storey, han propuesto estimaciones sensiblemente inferiores, en torno a los 450.000 habitantes, lo que ilustra las dificultades metodológicas de calcular la demografía de una ciudad antigua a partir de restos parciales]. Con independencia de la cifra exacta, el contraste con lo que sucedería apenas un milenio después resulta abrumador.
Tras la caída del Imperio de Occidente, la interrupción del mantenimiento de acueductos, alcantarillado y suministros que había sostenido a esa población hizo que la ciudad entrara en un declive demográfico sostenido durante siglos. Hacia el siglo XIV, la población de Roma había caído hasta apenas entre veinte y treinta mil habitantes, una fracción mínima de su cifra imperial. El símbolo más elocuente de ese colapso es el propio Foro Romano, corazón cívico, religioso y judicial de la Roma antigua, que durante la Edad Media quedó parcialmente sepultado bajo sedimentos y terminó reconvertido en pastizal para el ganado, motivo por el cual pasó a conocerse popularmente como Campo Vaccino, el campo de las vacas. Esa condición se prolongó, con distintos grados de abandono y reutilización como cantera de materiales de construcción, hasta que las primeras excavaciones sistemáticas, dirigidas por el arqueólogo Carlo Fea a partir de 1803, comenzaron a devolver a la luz uno de los conjuntos monumentales más visitados del planeta en la actualidad.
La reconstrucción papal y el nacimiento de la Roma barroca
La lenta recuperación demográfica y urbanística de Roma estuvo indisolublemente ligada a su consolidación como sede permanente del papado, un proceso que se aceleró de manera notable a partir del Renacimiento y alcanzó su expresión más característica durante el Barroco de los siglos XVI y XVII. Sucesivos papas actuaron, de facto, como planificadores urbanos, trazando nuevas avenidas que conectaban las basílicas de peregrinación, encargando fuentes monumentales alimentadas por acueductos restaurados y financiando a arquitectos como Gian Lorenzo Bernini, cuya columnata frente a la basílica de San Pedro sigue definiendo hoy la imagen más reconocible de la ciudad.
Uno de esos encargos papales, la Fontana di Trevi, comisionada en 1732 por el papa Clemente XII al arquitecto Nicola Salvi y concluida en 1762, ilustra mejor que casi ningún otro monumento la lógica de superposición histórica que atraviesa toda la ciudad, ya que su suministro de agua procede del Aqua Virgo, un acueducto construido en el año 19 antes de Cristo por orden de Marco Agripa, colaborador de Augusto, y que continúa en funcionamiento, con reformas sucesivas, más de dos mil años después. Esa misma fuente barroca, alimentada por infraestructura de la Roma imperial, sería la protagonista de una tradición contemporánea que ningún papa ni ningún emperador habría podido anticipar. La costumbre de arrojar una moneda a sus aguas por encima del hombro para garantizar un futuro regreso a la ciudad, popularizada por el cine estadounidense de mediados del siglo XX, mueve en la actualidad más de un millón de euros al año, recogidos regularmente por el ayuntamiento y destinados, desde 2001, a financiar los programas de asistencia social de la organización católica Caritas, un destino que en 2018 estuvo brevemente en riesgo cuando el propio ayuntamiento romano intentó reclamar esos fondos para otros fines, hasta que la presión pública y eclesiástica obligó a revertir la decisión en cuestión de días.
Ese episodio, en apariencia anecdótico, condensa la distinción fundamental entre Roma y otras grandes capitales históricas. La ciudad no exhibe su pasado como una colección de vestigios clausurados, sino que continúa operando sobre la misma infraestructura, física y simbólica, acumulada por sus gobernantes durante casi tres milenios, desde los reyes, cónsules y emperadores de la Antigüedad hasta los papas y, finalmente, las instituciones del Estado moderno desde 1871. Esa superposición no siempre fue armónica ni continua, como atestigua el colapso demográfico medieval, pero incluso en sus periodos de mayor abandono la ciudad conservó la capacidad de reactivar, reinterpretar y capitalizar cada capa de su historia. Que un acueducto encargado por el yerno de Augusto garantice hoy el auxilio económico a familias romanas necesitadas a través de las monedas que millones de visitantes arrojan cada año a una fuente barroca expresa, con mayor elocuencia que cualquier discurso solemne, por qué Roma se mantiene, dos mil setecientos años después de su fundación legendaria, como una ciudad que la posteridad no ha logrado convertir del todo en pasado.



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