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Trayectoria institucional

La Royal Society, cuando desconfiar de la autoridad se convirtió en un método

En 1660, doce hombres reunidos en Londres fundaron una institución basada en un principio radical para su época, no aceptar ninguna afirmación sobre la naturaleza sin someterla al experimento. Su divisa, Nullius in verba, resume el espíritu de la sociedad científica en activo más antigua del mundo.

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La Royal Society, cuando desconfiar de la autoridad se convirtió en un método
Grupo de científicos posando frente a la sede de la Royal Society en Londres, en 1952.Foto de Friedrich Hund, propiedad de Gerhard Hund para Wikipedia, agosto de 2010

A mediados del siglo XVII, buena parte del conocimiento sobre la naturaleza que se enseñaba en las universidades europeas seguía apoyándose en la autoridad de Aristóteles antes que en la observación directa de los fenómenos. Frente a ese modelo, el filósofo inglés Francis Bacon había propuesto décadas antes, en su obra inconclusa Nueva Atlántida, la imagen de una institución dedicada por completo a la investigación colectiva y experimental de la naturaleza. Ese ideal, todavía especulativo cuando Bacon murió en 1626, encontró su realización práctica en 1660, cuando un grupo de doce hombres reunidos en Londres decidió fundar una sociedad regida por un principio revolucionario para su época. Según esa premisa, ninguna afirmación sobre el mundo natural debía aceptarse por la autoridad de quien la formulaba, sino que tenía que someterse antes a la verificación del experimento. Ese principio, resumido más tarde en la divisa latina Nullius in verba, sigue rigiendo hoy a la Royal Society de Londres, la sociedad científica en activo más antigua del planeta.

De un colegio invisible a una fundación real

Antes de su fundación formal, el núcleo que dio origen a la Royal Society se reunía de manera informal desde mediados de la década de 1640 en encuentros dispersos entre Londres y Oxford dedicados a discutir las ideas de Bacon. Esa fase previa, conocida por la historiografía como el colegio invisible, cristalizó el 28 de noviembre de 1660, cuando doce de esos naturalistas, entre ellos Christopher Wren, Robert Boyle, John Wilkins y Robert Moray, se reunieron en el Gresham College tras una conferencia de astronomía impartida por el propio Wren. Allí decidieron constituir formalmente, en sus propias palabras, «un colegio para promover el aprendizaje físico-matemático y experimental». Moray, que mantenía trato directo con el rey Carlos II, obtuvo el respaldo monárquico casi de inmediato, y el 15 de julio de 1662 la institución recibió su primera carta real bajo el nombre de Royal Society of London, con William Brouncker como primer presidente. Una segunda carta real, firmada el 23 de abril de 1663, añadió la denominación completa que la sociedad conserva hasta hoy, Royal Society of London for Improving Natural Knowledge, e incorporó formalmente la divisa Nullius in verba.

Ese mismo año de 1662, la sociedad nombró a Robert Hooke conservador de experimentos, un puesto remunerado de dedicación semanal que se convirtió en el primer empleo científico profesional de Gran Bretaña. Asimismo, encomendó a Henry Oldenburg la gestión de su nutrida red epistolar con naturalistas de toda Europa. Esta combinación de experimentación semanal y correspondencia erudita internacional, más que cualquier hallazgo puntual, distinguió desde el principio a la Royal Society de las academias cortesanas continentales, orientadas con frecuencia hacia el prestigio simbólico antes que hacia la verificación empírica sistemática.

La invención de la publicación científica moderna

La correspondencia que gestionaba Oldenburg terminaría por generar, en marzo de 1665, una de las aportaciones institucionales más duraderas de la Royal Society, la revista Philosophical Transactions. Lanzada como una iniciativa personal del propio Oldenburg, quien actuaba al mismo tiempo como editor, traductor y responsable financiero, la publicación suele describirse habitualmente como la primera revista científica de la historia. En rigor, ese honor corresponde al Journal des sçavans francés, aparecido apenas tres meses antes, pero Philosophical Transactions se mantiene como la revista científica de publicación continua más antigua del mundo. En sus primeros números figuraron observaciones astronómicas de Wren, informes de Robert Hooke sobre la mancha roja de Júpiter y los primeros artículos de un joven Isaac Newton en 1672, dedicados a su telescopio reflector y a la naturaleza de la luz.

La biografía del propio Oldenburg ilustra el clima político en el que nació la publicación. En 1667, en pleno conflicto anglo-neerlandés, el editor pasó varias semanas encarcelado en la Torre de Londres bajo la sospecha de traición, una acusación vinculada precisamente a la intensa correspondencia internacional que sostenía su labor editorial. Con el paso de las décadas, la Royal Society consolidó otras prácticas asociadas de manera inseparable con la ciencia moderna, entre ellas formas tempranas de revisión por pares de los manuscritos recibidos y, a partir de 1731, la concesión de la Medalla Copley, el galardón científico más antiguo que se sigue entregando en la actualidad, cuyo primer receptor fue el investigador eléctrico Stephen Gray.

Newton, el poder y sus propias reglas del juego

La divisa fundacional de la sociedad, ese compromiso de no aceptar ninguna afirmación por la sola autoridad de quien la formula, encontró una de sus pruebas más incómodas durante la presidencia de Isaac Newton, quien dirigió la institución entre 1703 y 1727. En 1712, cuando la disputa sobre la prioridad en el descubrimiento del cálculo infinitesimal enfrentaba a Newton con el matemático y filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, la Royal Society creó un comité encargado de examinar la controversia. Newton, que presidía la institución, participó activamente en el proceso y tuvo una intervención decisiva en la elaboración del informe final, publicado bajo el título Commercium Epistolicum, que concluyó a favor de su prioridad. El episodio, ampliamente estudiado por la historiografía de la ciencia, no pone en cuestión las aportaciones matemáticas de Newton, pero revela una contradicción más profunda. La institución que aspiraba a someter las afirmaciones al examen de la evidencia tampoco estaba completamente a salvo de las relaciones de autoridad y de los intereses de quienes ocupaban posiciones de poder dentro de ella.

Esa distancia entre los principios declarados y las prácticas institucionales se manifestó de forma todavía más prolongada en la composición de la sociedad. Aunque la legislación británica de 1919 prohibía que las sociedades incorporadas negaran el ingreso por razón de sexo, la Royal Society no comenzó a modificar sus estatutos para permitir expresamente la elección de mujeres hasta 1943. Durante la Segunda Guerra Mundial, las dificultades para reunir a sus miembros llevaron al presidente Henry Dale a impulsar una votación por correo para introducir la reforma, aprobada por 336 votos frente a 37. Dos años después, en 1945, la cristalógrafa Kathleen Lonsdale y la bioquímica Marjory Stephenson fueron elegidas como las primeras mujeres miembros de la Royal Society en sus casi tres siglos de existencia, mientras que la matemática Mary Cartwright fue elegida en 1947. La demora resulta reveladora no porque invalide los principios científicos de la institución, sino porque muestra hasta qué punto una organización puede defender públicamente determinados ideales y, al mismo tiempo, tardar generaciones en aplicarlos sobre su propia estructura. La historia de la Royal Society revela así una paradoja recurrente en la vida de las instituciones científicas; su autoridad depende de reglas que deben aspirar a ser universales, pero quienes las administran siguen siendo seres humanos sujetos a las jerarquías, intereses y prejuicios de su tiempo.