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Biografías

Friedrich Nietzsche y la deconstrucción de la tradición occidental

Un examen sobre la trayectoria vital, la evolución intelectual y el colapso final de Friedrich Nietzsche, desde su formación en Schulpforta hasta las controversias médicas sobre su destino en Turín.

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Friedrich Nietzsche y la deconstrucción de la tradición occidental
Dibujo de Friedrich Nietzsche por Edvard Munch en el Museo Munch.Museo Munch, Oslo. MUNCH

En la Alemania protestante de mediados del siglo XIX, el pastorado luterano constituía todavía uno de los pilares morales e intelectuales de la vida provinciana, garantía de un orden en el que la fe, la autoridad paterna y el servicio a la comunidad se confundían en una misma vocación. En esa tradición, que se remontaba varias generaciones dentro de su propia familia, nació el 15 de octubre de 1844, en la pequeña localidad de Röcken, cerca de Lützen, quien llegaría a convertirse en uno de los críticos más radicales de aquel orden, Friedrich Wilhelm Nietzsche.

Su padre, Carl Ludwig Nietzsche, quien ejercía como pastor luterano en Röcken, murió en 1849, cuando Friedrich apenas contaba cinco años, víctima de un padecimiento neurológico que los médicos de la época atribuyeron a un reblandecimiento cerebral. Un año después falleció también su hermano menor, Joseph, de apenas dos años. Esas pérdidas tempranas desplazaron a la familia a la vecina ciudad de Naumburg, donde el niño creció rodeado casi exclusivamente de mujeres, su madre, su hermana Elisabeth, su abuela y dos tías, en un ambiente de piedad estricta que le valió entre sus compañeros de escuela el apodo del pequeño pastor.

Esa formación religiosa recibió, sin embargo, un cauce intelectual de excepcional exigencia en Schulpforta, el internado protestante donde Nietzsche cursó estudios clásicos desde 1858 hasta 1864 y donde adquirió un dominio del griego y el latín que marcaría toda su obra posterior. Continuó esa formación en la Universidad de Bonn y, tras seguir a su maestro Friedrich Wilhelm Ritschl, en la de Leipzig, donde abandonó pronto los estudios de teología para concentrarse en la filología clásica, decisión que consternó profundamente a su madre. Fue también en Leipzig, en el otoño de 1865, donde adquirió por azar, en una librería de viejo, un ejemplar de El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer, cuya lectura, según su propio testimonio, transformó de manera decisiva su visión del mundo.

En noviembre de 1868 conoció en Leipzig a Richard Wagner, entonces en el cenit de su fama, e inició con él una amistad que resultaría determinante durante los años siguientes. Apenas unos meses después, en 1869, la Universidad de Basilea le ofreció, por recomendación entusiasta de Ritschl, una cátedra extraordinaria de filología clásica. La Universidad de Leipzig le concedió el doctorado sin examen alguno, sobre la sola base de sus artículos publicados, y Nietzsche se convirtió, con apenas veinticuatro años, en el catedrático más joven de la historia de Basilea. Para ocupar ese puesto tuvo que renunciar a su ciudadanía prusiana, trámite que nunca completó en sentido inverso, por lo que permaneció oficialmente apátrida durante el resto de su vida.

Los años de Basilea

La estabilidad de esos primeros años se vio pronto alterada por la guerra franco-prusiana de 1870, en la que Nietzsche se alistó como camillero y auxiliar sanitario. Contrajo durante el servicio difteria y disentería, enfermedades que agravaron una constitución ya débil y que marcaron el inicio de los trastornos digestivos, las migrañas incapacitantes y los graves problemas de visión que lo acompañarían el resto de su existencia.

Ya en Basilea, Nietzsche trabó una amistad duradera con el teólogo Franz Overbeck, su vecino y confidente más constante, y mantuvo con el historiador Jacob Burckhardt una relación de admiración recíproca aunque más distante. Esos mismos años lo llevaron con frecuencia a Tribschen, junto al lago de Lucerna, donde Wagner residía entonces con Cosima von Bülow, visitas que alimentaron directamente la composición de su primer libro, El nacimiento de la tragedia (1872). La obra, que interpretaba la tragedia griega como síntesis de los impulsos apolíneo y dionisíaco y reivindicaba a Wagner como heredero moderno de ese espíritu trágico, recibió una acogida hostil por parte del gremio filológico, y en particular del joven Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff, cuyo panfleto de réplica dañó de manera duradera la reputación académica de Nietzsche y vació sus aulas de estudiantes.

El distanciamiento con Wagner, ya latente durante la redacción de las Consideraciones intempestivas (1873-1876), se precipitó durante el primer festival de Bayreuth, en el verano de 1876, cuando Nietzsche, incómodo ante lo que percibió como un espectáculo complaciente con el gusto burgués, abandonó las representaciones antes de su conclusión. La publicación de Humano, demasiado humano en 1878, con su nuevo estilo aforístico y su crítica del romanticismo, selló una ruptura que ninguno de los dos volvería a resolver. Al año siguiente, en 1879, los quebrantos de salud obligaron a Nietzsche a renunciar a su cátedra, con una modesta pensión que le permitiría sobrevivir, aunque sin alcanzar nunca la holgura económica durante la década siguiente.

El filósofo errante

Comenzó entonces la etapa itinerante por la que se lo recuerda con frecuencia, un peregrinaje anual entre los veranos en Sils-Maria, en el Engadin suizo, y los inviernos en Génova, Rapallo, Niza o, finalmente, Turín, en busca siempre del clima que aliviara sus dolencias. Vivió de pensión en pensión, casi sin bienes ni residencia fija, sostenido en buena medida por la devoción de su discípulo Heinrich Köselitz, conocido por el seudónimo de Peter Gast, quien copiaba y corregía sus manuscritos y componía música bajo su influencia.

A esa década itinerante pertenecen Aurora (1881) y La gaya ciencia (1882), obras en las que Nietzsche fue perfilando el estilo aforístico y la crítica moral que alcanzarían su plenitud en Así habló Zaratustra. Fue también en 1882 cuando conoció en Roma, a través de su amigo Paul Rée, a la joven intelectual rusa Lou Andreas-Salomé, con quien imaginó durante unos meses la posibilidad de una comunidad de estudio compartida entre los tres. El proyecto se disolvió entre celos, malentendidos y la abierta hostilidad de su hermana Elisabeth hacia Salomé, y la ruptura definitiva, a finales de ese mismo año, sumió a Nietzsche en una de las crisis emocionales más profundas de su vida, telón de fondo inmediato de la composición de Así habló Zaratustra, iniciada apenas unas semanas después.

El colapso de Turín

El año 1888, el último de lucidez plena, resultó también el de mayor fecundidad. En Turín, ciudad cuya arquitectura y clima Nietzsche llegó a considerar ideales, compuso en apenas unos meses El caso Wagner, El crepúsculo de los ídolos, El Anticristo, Nietzsche contra Wagner y su autobiografía intelectual, Ecce homo, con capítulos de títulos tan reveladores de su estado de ánimo como Por qué soy tan sabio o Por qué soy un destino. Ese mismo año, el crítico danés Georg Brandes impartió en la Universidad de Copenhague el primer ciclo de conferencias universitarias dedicado a su pensamiento, el primer reconocimiento académico de cierta magnitud que Nietzsche recibiría en vida. En ese mismo libro autobiográfico, describió su propia irrupción en la historia del pensamiento con una imagen que resume el tono de esos meses finales.

«No soy un hombre, soy dinamita»

El 3 de enero de 1889, en la Piazza Carlo Alberto de Turín, Nietzsche sufrió el colapso mental del que ya no se recuperaría. [La escena, transmitida por biógrafos posteriores, según la cual se habría abrazado llorando al cuello de un caballo maltratado por su cochero, procede de testimonios indirectos, y su exactitud histórica ha sido puesta en duda por historiadores recientes.] En los días siguientes envió a diversos amigos y conocidos breves cartas de contenido delirante, firmadas a veces como Dioniso y otras como El Crucificado. Una de ellas, dirigida a Jacob Burckhardt, contiene una de las frases más citadas de todo el episodio.

«En el fondo soy todos los nombres de la historia»

Alarmado por esa correspondencia, Overbeck viajó de inmediato a Turín y trasladó a Nietzsche primero a una clínica de Basilea y después al hospital psiquiátrico de Jena, bajo el cuidado del doctor Otto Binswanger. Durante más de un siglo, el diagnóstico dominante atribuyó ese colapso a una parálisis progresiva de origen sifilítico, presuntamente contraída años atrás. Diversas investigaciones médicas más recientes han cuestionado esa explicación y propuesto diagnósticos alternativos, entre ellos un meningioma retroorbitario de crecimiento lento, una demencia frontotemporal o una enfermedad cerebrovascular hereditaria de tipo CADASIL, sin que el consenso mayoritario haya logrado hasta la fecha zanjar la controversia.

Nietzsche pasó los años siguientes bajo el cuidado de su madre, en Naumburg, sumido en un mutismo casi total del que apenas emergían fragmentos de lucidez. Tras la muerte de esta en 1897, su hermana Elisabeth Förster-Nietzsche lo trasladó a Weimar, donde había fundado el Archivo Nietzsche y donde, según relatan varios testimonios de la época, llegó a mostrarlo a las visitas como una reliquia viviente de la fama que ella misma se ocupaba de construir en torno a su obra, con las distorsiones editoriales que la crítica filológica posterior habría de desmontar. Nietzsche murió en Weimar el 25 de agosto de 1900 y fue enterrado junto a su padre, en la iglesia de Röcken donde este había predicado.

Pocas trayectorias intelectuales exhiben un contraste tan pronunciado entre la oscuridad de una vida marcada por la enfermedad, la soledad y un reconocimiento casi nulo en vida, y la extraordinaria repercusión que su pensamiento alcanzaría durante el siglo siguiente en la filosofía, la literatura y las artes de Occidente.