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Biografía de una novela

La senda del perdedor, el origen de Henry Chinaski

Publicada en 1982, cuando Bukowski ya había construido tres novelas enteras sobre la vida adulta de su alter ego. La senda del perdedor retrocede hasta la infancia y la adolescencia de Henry Chinaski para explicar el origen de un personaje que el lector ya creía conocer.

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La senda del perdedor, el origen de Henry Chinaski
La senda del perdedor, de Charles Bukowski. Ilustración de cubierta.Círculo de Lectores (Barcelona, España, 1987)

Cuando Charles Bukowski publicó Ham on Rye en 1982, sus lectores ya conocían bien a Henry Chinaski. Lo habían visto sobrevivir doce años de rutina embrutecedora en una oficina de correos en Cartero (1971), acumular empleos precarios y borracheras en Factótum (1975), y enredarse en una sucesión interminable de amantes como escritor ya reconocido en Mujeres (1978). La senda del perdedor, cuarta novela de Bukowski, invierte esa cronología y retrocede hasta el principio, hasta la infancia en Los Ángeles de un niño que todavía no sabe que llegará a convertirse en ese hombre. La operación no es menor, porque un escritor rara vez decide explicar el origen de su personaje más célebre después de haber pasado más de una década construyéndolo únicamente hacia adelante.

Esa decisión tardía convierte a la novela en algo más que una precuela. Es, ante todo, la pieza que permite comprender de dónde procede el cinismo, la violencia contenida y la incapacidad para la ternura que ya definían a Chinaski en los libros anteriores, y que aquí dejan de presentarse como rasgos de carácter para revelarse como consecuencias directas de una infancia concreta.

Un origen escrito al final de la saga

Bukowski nació en Andernach, Alemania, en 1920, hijo de un soldado estadounidense y una madre alemana. A los tres años llegó a Estados Unidos y se instaló en Los Ángeles, ciudad en la que viviría durante medio siglo. Esa biografía coincide, con escasas variaciones, con la de Henry Chinaski, lo que sitúa a La senda del perdedor en un terreno donde la distancia entre autor y personaje se reduce casi hasta desaparecer. El propio Bukowski reconoció públicamente la naturaleza autobiográfica del libro, algo que no había hecho con la misma claridad respecto de sus novelas anteriores.

Resulta significativo, en ese sentido, el vínculo que Bukowski mantuvo con el escritor John Fante, a quien llegó a llamar «mi dios» en el prólogo que escribió en 1980 para la reedición de Pregúntale al polvo, la novela que Fante había publicado en 1939 y que había caído en el olvido. Bukowski relató haber encontrado ese libro por azar en los estantes de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, y describió el hallazgo como el momento en que, por primera vez, encontró a un autor capaz de escribir sobre la pobreza y la humillación sin falsedad literaria. Esa misma biblioteca, la misma sensación de haber encontrado en la lectura un refugio frente a un entorno hostil, reaparece de forma casi literal en las páginas de La senda del perdedor, donde el joven Chinaski descubre a D. H. Lawrence en circunstancias muy similares.

La fabricación de un paria

El armazón narrativo de la novela se sostiene sobre dos experiencias que se retroalimentan. La primera es la violencia sistemática de un padre que golpeaba a su hijo con una correa de afeitar por infracciones domésticas sin importancia, mientras salía cada mañana de casa fingiendo ir a un trabajo que ya había perdido, a fin de que los vecinos no advirtieran su desempleo durante los años de la Gran Depresión. La segunda es un episodio médico que Bukowski trasladó casi sin alterar de su propia adolescencia, el desarrollo hacia los trece años de un acné quístico severo que cubrió su rostro, espalda y torso de forúnculos, y que exigió tratamientos dolorosos y en buena medida ineficaces en el hospital público de Los Ángeles.

De ambas experiencias surge un personaje que la crítica ha comparado, por la magnitud de su desfiguración física y el rechazo social que le provoca, con la criatura de Frankenstein o con el Gregor Samsa de Kafka. La escena del baile de graduación al que Chinaski asiste solo, con el rostro vendado para ocultar los forúnculos sangrantes mientras observa a sus compañeros entrar en el gimnasio acompañados, condensa esa condición de marginalidad de un modo que ninguna otra escena de la novela iguala. Bukowski no busca en ningún momento la compasión del lector ante estos episodios; los narra con el mismo tono seco con el que describe una pelea callejera o una borrachera, una decisión formal que resulta central para entender el resto de su obra.

Conviene señalar, en todo caso, que la novela no elude tampoco los aspectos más controvertidos de su manera de representar, y que buena parte de la crítica académica ha señalado el tratamiento del personaje hacia las mujeres como una de sus dimensiones más problemáticas, en línea con el resto de la producción de Bukowski.

Una prosa sin adornos

La senda del perdedor está organizada en cincuenta y ocho capítulos, varios de apenas una página y media, que avanzan de forma episódica sin subordinarse a una trama convencional. Esa estructura fragmentaria, heredada de sus tres novelas anteriores, se combina con una prosa de frases cortas, vocabulario cotidiano y ausencia casi total de metáfora ornamental, rasgos que sitúan a Bukowski, junto a autores como el propio Fante o Raymond Carver, dentro de lo que la crítica en lengua española ha etiquetado de manera flexible como realismo sucio. El humor, más que un simple alivio cómico, funciona en la novela como mecanismo de supervivencia narrativa, la única herramienta que le permite a Chinaski, y por extensión a Bukowski, relatar el maltrato sin hundirse en el sentimentalismo ni en la autocompasión.

El propio título original, Ham on Rye, admite más de una lectura. Remite de forma directa al sándwich de jamón sobre pan de centeno, pero también funciona como juego de palabras sobre la fama de Bukowski como ham, término inglés para el actor o personaje que exagera su propia actuación, y como bebedor confeso de whisky de centeno. [Algunos lectores han señalado además un posible eco del título de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, y una cierta afinidad entre Chinaski y Holden Caulfield como jóvenes narradores enfrentados a un mundo adulto que consideran fraudulento, aunque no existe constancia de que Bukowski reconociera esa referencia de forma explícita].

La novela concluye hacia 1941, con Chinaski intentando alistarse para la guerra y siendo rechazado por motivos de salud, un desenlace que reproduce con fidelidad lo ocurrido al propio Bukowski, quien nunca llegó a prestar servicio militar. Ese cierre, lejos de ofrecer una resolución, deja al personaje exactamente en el umbral desde el que arrancan sus novelas posteriores, cerrando el círculo que la propia decisión editorial de escribir esta precuela había abierto once años antes. Leída después de Cartero, Factótum y Mujeres, La senda del perdedor no añade un capítulo más a la vida de Henry Chinaski, sino que revela la maquinaria que lo produjo.