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De la riqueza de las naciones al monetarismo, dos siglos y medio de teoría económica

Seis respuestas a una misma pregunta, las grandes escuelas del pensamiento económico

Un recorrido por la escuela clásica, la marxista, la neoclásica, la austriaca, la keynesiana y la de Chicago, seis tradiciones que, cada una desde su propio contexto histórico, intentaron explicar cómo se produce, se distribuye y se intercambia la riqueza.

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Seis respuestas a una misma pregunta, las grandes escuelas del pensamiento económico
Representación visual de los principales pensadores y exponentes de las escuelas de pensamiento económico.Pixabay

La historia del pensamiento económico no es la crónica de una disciplina que avanza hacia una verdad definitiva, sino la sucesión de marcos explicativos que fueron surgiendo como respuesta a las preguntas y las urgencias materiales de su propio tiempo. Desde la Revolución Industrial hasta las crisis financieras del siglo XX, distintas generaciones de economistas construyeron sistemas de pensamiento que, aunque a menudo se presentan como rupturas radicales entre sí, comparten una misma ambición, explicar cómo se produce, se distribuye y se intercambia la riqueza en una sociedad. Comprender esas seis grandes corrientes, la clásica, la marxista, la neoclásica, la austriaca, la keynesiana y la de Chicago, equivale a recorrer dos siglos y medio de intentos por responder una pregunta que ninguna escuela ha logrado cerrar del todo.

La escuela clásica

La primera de estas corrientes, la escuela clásica, tomó forma en Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XVIII, en el mismo contexto de la Ilustración escocesa que dio origen al pensamiento de Adam Smith. Smith rompió con el mercantilismo al sostener que la riqueza de una nación no dependía de la acumulación de metales preciosos, sino de la productividad del trabajo, idea que desarrolló en La riqueza de las naciones (1776) mediante el célebre análisis de la división del trabajo.

Sus continuadores ampliaron y matizaron ese programa. David Ricardo formuló la teoría de la ventaja comparativa, según la cual dos naciones se benefician del comercio internacional aun cuando una de ellas sea más eficiente que la otra en la producción de todos los bienes, siempre que cada una se especialice en aquello que produce con menor costo relativo. Thomas Malthus, por su parte, advirtió sobre los límites que el crecimiento demográfico podía imponer a la disponibilidad de alimentos, mientras Jean-Baptiste Say popularizó la idea, más tarde muy discutida, de que la oferta genera su propia demanda. El conjunto de estos autores compartía la convicción de que los mercados, dejados a su propio funcionamiento, tienden hacia el equilibrio y el crecimiento, razón por la cual defendían una intervención estatal limitada a la defensa, la justicia y ciertas obras públicas.

La crítica marxista

A mediados del siglo XIX, Karl Marx tomó como punto de partida buena parte del aparato conceptual clásico, en particular la teoría del valor trabajo heredada de Ricardo, para construir una crítica radical del propio sistema que la escuela clásica había descrito. En El capital (1867), Marx sostuvo que el valor de una mercancía derivaba del trabajo socialmente necesario para producirla, pero que el capitalista se apropiaba de una parte de ese valor, la plusvalía, sin retribuirla al trabajador. Esa apropiación, argumentaba, no constituía una anomalía corregible sino el mecanismo estructural mediante el cual el capital se reproducía y acumulaba.

El análisis económico de Marx se inscribía, además, dentro de una teoría más amplia de la historia, el materialismo histórico, según la cual las relaciones de producción determinan en última instancia la organización política, jurídica e ideológica de cada sociedad. De ahí que interpretara la historia como una sucesión de modos de producción atravesados por la lucha de clases, de la que el capitalismo constituía apenas la penúltima etapa antes de su previsible sustitución. Diversas investigaciones historiográficas han señalado que, más allá de la validez empírica de algunas de sus predicciones económicas, la obra de Marx ejerció una influencia decisiva sobre la sociología, la historia y la teoría política del siglo XX, mucho más allá del ámbito estrictamente económico.

La revolución marginalista y la escuela neoclásica

Casi en paralelo a la difusión de las ideas marxistas, un grupo de economistas emprendió una revisión metodológica que terminaría por desplazar a la teoría del valor trabajo. Entre 1871 y 1874, de manera prácticamente simultánea y sin conocimiento mutuo, William Stanley Jevons en Inglaterra, Carl Menger en Austria y Léon Walras en Suiza formularon lo que se conoce como la revolución marginalista, el fundamento de la escuela neoclásica. Los tres coincidieron en que el valor de un bien no dependía del trabajo incorporado en su producción, sino de la utilidad que reportaba al consumidor en el margen, es decir, de la satisfacción adicional que proporciona la última unidad consumida.

Alfred Marshall sintetizó estos aportes en Principios de economía (1890), obra que introdujo el ahora familiar cruce entre las curvas de oferta y demanda como representación del equilibrio de mercado. Léon Walras, por su parte, llevó la formalización matemática un paso más allá al desarrollar un modelo de equilibrio general, en el que todos los mercados de una economía se ajustan simultáneamente hasta alcanzar un estado de compatibilidad entre oferta y demanda. Esa vocación matemática, ajena al estilo predominantemente literario de los clásicos, se convirtió en el rasgo distintivo de la economía neoclásica y en la base metodológica que todavía predomina en buena parte de la disciplina académica contemporánea.

La escuela austriaca

El propio Carl Menger, sin embargo, se distanció pronto del rumbo matemático que tomarían Jevons y Walras y sentó, en cambio, las bases de una tradición distinta, la escuela austriaca. Menger compartía con los neoclásicos la teoría subjetiva del valor, pero rechazaba la formalización matemática y el uso de agregados estadísticos, al considerar que la economía debía partir del estudio de la acción humana individual y de sus motivaciones concretas, enfoque que sus discípulos denominarían más tarde praxeología.

Sus herederos intelectuales, Eugen von Böhm-Bawerk, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, ampliaron ese programa durante la primera mitad del siglo XX. Mises formuló el llamado problema del cálculo económico, según el cual, en ausencia de precios de mercado formados libremente, una economía planificada carece de un mecanismo capaz de asignar racionalmente los recursos escasos entre usos alternativos. Hayek, discípulo de Mises y más tarde premio Nobel de Economía en 1974, desarrolló además una teoría austriaca del ciclo económico que atribuía las recesiones a distorsiones previas en la estructura de tipos de interés provocadas por la expansión artificial del crédito. Ambos autores, escribiendo durante el auge de las economías planificadas de entreguerras, ofrecieron una de las críticas más influyentes al socialismo de planificación central.

La respuesta keynesiana

La Gran Depresión de 1929 puso en entredicho buena parte de las certezas clásicas y neoclásicas sobre la capacidad autorreguladora de los mercados. Fue en ese contexto donde John Maynard Keynes publicó en 1936 su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, obra que dio origen a la escuela keynesiana y que revolucionó la política económica del siglo XX.

Keynes cuestionó la validez de la ley de Say y sostuvo que una economía podía instalarse durante periodos prolongados en un equilibrio de subempleo, es decir, en una situación de desempleo persistente que el propio mercado no corregiría espontáneamente. Frente a ese diagnóstico, propuso que el Estado interviniera activamente mediante el gasto público y la política fiscal para sostener la demanda agregada en los momentos de contracción económica. Sus ideas influyeron de manera directa en los programas de recuperación posteriores a la Gran Depresión y en el diseño del orden económico internacional acordado en Bretton Woods en 1944.

«A largo plazo, todos estaremos muertos»

La frase, incluida en su ensayo Tract on Monetary Reform de 1923, resume la premisa que orientaría después su obra mayor. Antes que confiar en ajustes que, aunque teóricamente posibles con el paso del tiempo, podían implicar un costo social inaceptable en el presente, Keynes defendía que la política económica debía ocuparse de resolver los problemas inmediatos de una sociedad.

La escuela de Chicago

Durante las décadas centrales del siglo XX, el keynesianismo se convirtió en el paradigma dominante entre los gobiernos occidentales, hasta que la estanflación de la década de 1970, la combinación inédita de inflación elevada y estancamiento económico, puso en cuestión su capacidad explicativa. Fue en ese escenario donde ganó protagonismo la escuela de Chicago, liderada por Milton Friedman desde la Universidad de Chicago.

Friedman retomó y actualizó la teoría cuantitativa del dinero para sostener que la inflación era, en última instancia, un fenómeno monetario, resultado de un crecimiento de la oferta de dinero superior al de la producción real de bienes y servicios. En Una historia monetaria de los Estados Unidos (1963), escrita junto a Anna Schwartz, atribuyó buena parte de la severidad de la Gran Depresión a errores de política monetaria de la Reserva Federal, antes que a un fallo estructural del capitalismo, interpretación que contradecía directamente el diagnóstico keynesiano. Sobre esa base, Friedman defendió reglas monetarias estables, la reducción del gasto público y una menor intervención estatal, posiciones que, junto con los desarrollos posteriores de Robert Lucas sobre las expectativas racionales, ejercieron una influencia decisiva sobre las políticas económicas de los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher durante la década de 1980.

Un debate que permanece abierto

Ninguna de estas seis corrientes desapareció por completo al ser sucedida por la siguiente. El consenso mayoritario entre los historiadores de la disciplina sostiene, más bien, que la economía contemporánea opera como un campo plural en el que conviven herramientas y diagnósticos procedentes de tradiciones distintas, la atención neoclásica a los incentivos individuales, la sensibilidad keynesiana ante las crisis de demanda, la vigilancia monetarista sobre la inflación y la desconfianza austriaca hacia la planificación centralizada. Esa convivencia, más que la victoria definitiva de una escuela sobre las demás, explica por qué la historia del pensamiento económico continúa siendo, dos siglos y medio después de Adam Smith, un debate abierto.